El deseado negocio de ETA.

La terminal  de Barajas saltó por los aires y arrasó parte de una obra de estado, la simbólica T4, el legado faraónico de Aznar. Pero se rompieron más cosas en ese atentado y se ha perdido una ocasión de aproximar algo sobre diálogo. La simbología etarra suele ser motivo de escarnio provinciano: sus dantzaris rindiendo honores a cualquier cosa, sus encapuchados y sus comunicados. Pero hay una historia larga, muy larga. Desde el concejal amenazado que vuelve y recibe la visita de los servicios funerarios locales, convocados por llamada anónima, a la pistola descargada depositada entre las ropas del cochecito de una activista retirada como aviso de su imprescindible discreción o aquellos muchachos de buena familia que se hacían pasar por auditores del banco de Santander y que vivían en la zona rica de Madrid. Uno de ellos, con mono verde, apareció de entre los escombros del gigantesco atentado a Carrero Blanco gritando: ” El gas! El gas! Ha sido el gas!” creando una confusión informativa de varias horas.

A estas horas estaran los etarras descojonándose de las manifestaciones de uno u otro signo, están manteniendo una tensión política importante que hace que los partidos y el gobierno naveguen sin rumbo. Inconfesables intereses económicos están reforzando la vuelta atrás en el proceso de paz. Hay abertzales a los que el terror les ha salido rentable. Hay nacionalistas vascos y españoles a los que la salida final del proceso terrorista les quitaría discurso, argumentos (si se les puede llamar así) y en consecuencia el atentado de Barajas nos devuelve a la lamentable normalidad de saber que el lobo anda por el monte y así es más facil contar cuentos a los boquiabiertos de turno.

Hay para gestionar un rédito político rentable: los presos y sus familias, las amenazas a quienes tengan negocios que puedan hacer competencia “a los de la tierra”, sacar a Batasuna a dar una vuelta por el ruedo, usar las escaleras de la Audiencia Nacional, jugar con el dolor de las víctimas del terrorismo, la creencia de un nuevo proceso posible de paz, hacerse es español a costa de ETA, hacerse el euskaldun a costa de España. Un pastel con demasiadas tajadas como para que ahora se fuera a acabar todo. Triste: de uno y otro lado muchos brindan, el negocio del terror ha subido en la bolsa de las manipulaciones. Pero ha bajado el crédito de la política.

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