Memorias de un monaguillo (3): Echarle un pulso al infierno.

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Silencioso, discreto hasta la intimidación y raramente afectuoso. El padre Solá residía en la Facultad de Teología de Sant Cugat del Vallés. Los domingos venía a la ciudad y oficiaba la última misa. Aceptaba dos monaguillos en su rito. Antes de salir al altar se concentraba profundamente sobre sus manos extendidas en posición de rezo y la barbilla suavemente apoyada sobre sus dedos medios. Cuando salía al altar oficiaba a fondo. Pese a ello daba indicaciones suaves con la mano sobre nuestra posición, nos miraba de soslayo y mantenía un control absoluto del territorio. Su oficio era el más concurrido, tenía hooligans de todas las edades. Hablaba en susurros silbantes. Un día me entregó un libro y me dijo: “Lee…” y se sentó con los ojos cerrados. Leí un fragmento de una epístola de San Pablo a los filipenses. A la mitad me paró: “El domingo lees tú la carta”. Qué nervios: doscientas personas escuchando, tosiendo, pero aunque el escenario imponía Solá, el padre Solá te infundía fuerzas. Algunas veces había que pasar por su confesionario y siempre susurrante imponía penitencia a tus actos impuros. Miguelito, mi vecino, y yo eramos sus fijos en la misa. Quince minutos antes debíamos recorrer el altar y repasar que la llave del sagrario estuviera en su sitio, reponer el vino y trasladar las formas. Solá nos impresionaba a grandes y pequeños. Pero la vida dio vueltas y el Dios que hablaba con Solá seguía sin mandar señales.Solo una cosa se me hacía extraña : Despues de alguna misa recibía visitas de personas cuya apariencia física denotaba rasgos especiales, como de agotamiento, de mucha enfermedad, de mucho sufrir. Nos pedía abandonar la sacristía y se quedaba a solas con ellos.

Años más tarde Solá se me apareció en un reportaje del desaparecido “Cambio 16” y resultaba ser el mejor especialista de España en casos de exorcismo y poseídos en la posguerra, el único en el país que nunca concedió entrevista alguna. Entonces recordé sus silencios imponentes, su cruz de plata colgándole del pecho y sus manos enrojecidas, su blanca calvicie y el misterio de su edad, murió hace quince años. Los jesuitas publicaron su esquela con todos sus doctorandos. Una profusa obra escrita se cita en Internet en páginas teológicas : “Francesc de Paula Solà  i Carrió: Nascut a Barcelona, però de pares manresans. Catedrà tic de Teologia Docmà tica a la Facultat dels Jesuïtes. Fou Director de diferents biblioteques i arxius. Va morir als 80 anys, quan en feia setanta que era jesuita”.

Pero Solá había habitado en lugares de almas atormentadas, desconocidas para todos. Solá tenía un silencio propio de quien ha estado donde lo visto no puede ser contado, donde lo visto y oído lleva losa de silencio, donde el tormento del alma es torbellino de fuerzas desconocidas. A veces solía musitarme: “¿Porqué hoy estás tan callado?” o “Concentrate bien” dos segundos antes de leer.
Un día de 1979, una reunión clandestina me llevó a la Facultad de Teología de Sant Cugat. En un receso salí al jardín con un viejo militante de la CNT. Al alzar la vista, en el magnífico patio, un cura viejecito se acercaba a nosotros lentamente. Al llegar a nuestra altura se detuvo, sonrió y nos deseó buenos dias. Era él, más viejo, más lento, pero con el rostro acerado y sin apenas arrugas. Me volvió a mirar, sonrió y se alejó. Si el diablo llama a mi puerta invocaré a Francisco de Paula Solá i Carrió, su nombre y su mirada azul y gélida, le diré que formé parte de su club de admiradores terrenos.

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