Memorias de un monaguillo (3): Violación de la hostia santa.
Antes de volver al túnel del tiempo de este acólito veamos que nos dice la Real Academia Española de la Lengua sobre la hostia:
1. f. Hoja redonda y delgada de pan ácimo, que se consagra en la misa y con la que se comulga.
2. f. Cosa que se ofrece en sacrificio.
Fue en una misa de esas de las 13h, con dos oficios en el cuerpo el padre Rafael fue a dar la sagrada forma a una feligresa amantillada y de negro. Yo puse el ojo en sus bustos prominentes. Ahí estaba, en eso, cuando al parecer desplacé ligeramente la patena de plata. Y fue entonces, un suspiro ahogado, un ahhh y dos ohhhhh, levante la cabeza de la charcuteria de la señora y fue cuando vi sus cejas, las del cura que me miraba con cara de “te quedan dos angelus”.

Al parecer la forma había resbalado entre sus dedos y se había precipitado al éter, eterno espacio, y al estar desplazada la patena vi la forma volar hacia el suelo. Impulsado por los ángeles, hice un dribling y servicial me agaché tomándola entre mis dedos. La señora estaba más roja que el culo de un legionario en Semana Santa. El oficiante rígido como un palo movía el cáliz exigiéndome el retorno del producto y yo lo enceste en el cáliz. Esta iniciativa le acabó por indignar y al instante la recogió y la guardó entre sus dedos. Al entrar en la sacristía fue lacónico: “Esto no puede pasar más, que sea la última vez eh, la última”. Yo me quedé sentado en la silla imperial de la sacristía. El sacristán fumaba sus porros de Ideales, con sus manos amarillentas y su olor a cera de semén. Cuando llevaba un buen rato pensando en mi culpa por haber interferido en la transustanciación levantó su cabeza siempre gacha me dijo: “Chaval suerte has tenido, a más de uno, por menos, le ha dado una buena hostia de las que hacen pupa”. Y pensé que debía confesarme de tamaño acto de herejía involuntaria. Coger la hostia era algo lejos de mis atribuciones serviles.
