La muerte lleva pelota.

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Los heroes de la pelota visten de caro, promocionan el último modelo de coche ganso y posan para cervezas, grandes almacenes o agencias de viajes . En los patios de las escuelas los nños empiezan el curso arracimándose al entorno del camellito que les suministre el cromo del portero del Almería del que se saben el nombre y la edad. El fútbol concentra pasiones de sofá y patata frita, de grada bajo cero y demasiadas veces de ostias sin bendecir que acaban mal. La pelota lanzada y el pie que la sigue es la busqueda del grial de la victoria y el camino hacia la veneración de la masa. La coreografia está servida: un montón de grupos de influencia tras sus dividendos televisivos y la ambición de cualquier club a que los chinos se pongan su camiseta, lámpara de Aladino que aumentará beneficios.

Pero esta vez la fatalidad ha dejado a Puerta, el jugador sevillista, tendido en el camposanto y una vez más hemos visto como se hurgaba la herida en televisión dando lugar a una sobrecarga de luctuosidades hinchables por el demagógo de guardia. La muerte de un futbolista, en definitiva la de una persona, causa un impacto tremendo en el circo mediático pelotero. Las frases del tipo “somos doce”, “nunca morirás”, “siempre jugará con nosotros” arengan una moral de polestireno, que se rompe a la primera, en una tropa de aficionados y seguidores que anda escasa de valores colectivos. ¿Se acuerda alguien de Benítez, el emblemático jugador del Barça muerto en los sesenta? o ¿del colchonero Martínez, en coma estuvo siete años?.

Por lo pronto a la muerte de Puerta, inevitable tragedia, le debemos un abrazo entre sevillistas y béticos que llevaban años enfrentados por los hechiceros de turno Del Nido y Lopera. Eso ha sido, si es perdurable, lo mejor que ese duelo ha dado en clave colectiva.

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