” Y ni siquiera saben quiénes son:desenterrados vivos.”

El coche dio signos de fenecimiento a veinte kilómetros del area de servicio de Montblanc. Me detuve a la solana del aparcamiento. Estaba convencido de que había que llamar a la grua ya, pero decidí fumarme un cigarro en una sombría y descuidada zona de fumadores. Me senté algo cabizbajo, saqué el mechero y fue entonces cuando oi un murmullo grave detrás mío que se hizo perceptible: “Quieren matarnos, quieren matarnos a todos…”, entonces la vi. Un rostro que alguna vez fue más femenino, una camiseta que alguna vez debió ser blanca, sus manos grisáceas tenían los dedos coronados por gruesas y mugrientas uñas. Llevaba unas gafas de mucha graduación y repetía “Quieren matarnos a todos los fumadores”. Le di fuego, me daba miedo escrutar su rostro, no por ella, por mí, me parecía una de esas apariciones que nos mandan desde alguna parte, un flyer del infierno. Se alejó mascullando: “A mí me dejan fumar en cualquier parte, les da igual lo que me pase, a mi también”.
Este invierno pasado bajé a tirar la basura, llovía con fuerza, apenas atiné a encestar en el contenedor los restos de mi consumo doméstico cuando levante la vista y vi una tremenda cortina de agua que aumentaba de intensidad. Las hojas bajaban empujadas por riachuelos y hacían remolinos en los agujeros de los árboles. Era bonito ver tanta agua cayendo, ver tu paisaje diario cambiado. Fue entonces cuando vi unas hojarascas que se movían en el agujero de un árbol y una mano, dos. Un hombre estaba dentro del agujero del árbol, empantanado de agua y de hojas, parecía una prolongación del mismo. Me acerqué y le tendí la mano, se fue levantando, no pesaba nada, era una raspa cubierta de ropa. Se puso en pie a tumbos y vi que tenia una de las manos y la mejilla huesuda con un corte largo que sangraba y se mezclaba con el agua. Nos quedamos mirando le espeté: “¿Jefe y si llamamos a una ambulancia?”. Me dijo que no, yo traté de convencerle mientras se tambaleaba. Le propuse coger un taxi y llevarlo a su casa. le pregunté donde vivía y me contestó: “Casa, mi casa, yo de eso no tengo”. Alzó la mano, cerró el puño y se alejó calle abajo, renqueante entre coches, tras la cortina de agua, volviendo a vete a saber. Me dejó con mis dudas y me acordé al instante de esta poesia que hoy les ofrezco:
LOS APARECIDOS
Fue esta mañana misma,
en mitad de la calle.
Yo esperaba
con los demás, al borde de la señal de cruce,
y de pronto he sentido como un roce ligero,
como casi una súplica en la manga.
Luego,
mientras precipitadamente atravesaba,
la visión de unos ojos terribles, exhalados
yo no sé desde qué vacío doloroso.
Ocurre que esto sucede
demasiado a menudo.
Y sin embargo,
al menos en algunos de nosotros,
queda una estela de malestar furtivo,
un cierto sentimiento de culpabilidad.
Recuerdo
también, en una hermosa tarde
que regresaba a casa… Una mujer
se desplomó a mi lado replegándose
sobre sí misma, silenciosamente
y con una increíble lentitud -la tuve
por las axilas, un momento el rostro,
viejo, casi pegado al mío.
Luego, sin comprender aún,
incorporó unos ojos donde nada
se leía, sino la pura privación
que me daba las gracias.
Me volví
penosamente a verla calle abajo.
No sé cómo explicarlo, es
lo mismo que si todo,
lo mismo que si el mundo alrededor
estuviese parado
pero continuase en movimiento
cínicamente, como
si nada, como si nada fuese verdad.
Cada aparición
que pasa, cada cuerpo en pena
no anuncia muerte, dice que la muerte estaba
ya entre nosotros sin saberlo.
Vienen
de allá, del otro lado del fondo sulfuroso,
de las sordas
minas del hambre y de la multitud.
Y ni siquiera saben quiénes son:
desenterrados vivos.
(Compañeros de viaje. III, La historia para todos)
Jaime Gil de Biedma
