Un café y una Madeleine

Cada mañana nos desayunamos con noticias, presuntamente nuevas, sobre el caso Madeleine. Al margen de la tragedia que pende sobre la muerte de la niña nos estamos hartando de ese par de pijos británicos que pasean su tragedia por webs, televisiones y campañas variopintas. Pero no se apuren hay cuerda para rato, hay pasta y hay gente dispuestas a medrar con ellos mientras el ácido de la sospecha vitrioliza sus miradas.
Es posible que los médicos doparan a su hija de manera continuada o que la dosis se disparara y se la cargaran. Había que poner el fiambre bajo la alfombra o vete a saber… bajo que acantilado. Cada día desaparecen muchos niños, pobres niños y niños pobres que se los engulle una riada de mierda y pobreza, un relámpago de globalización desata la tormenta y ya sea en Darfour, Costa de marfil o Liberia la muerte gira su cuentapasos cebándose en los más tiernos. Pero ¿Alguien sabe de sus padres? Pues no, a nadie le interesa una mujer sidosa africana que se consume o un padre que cava un agujero para enterrar lo que más precia, suena tópico pero es típico, no vende.
Pronto se hará la peli: una soleada urbanización de ricos ingleses en el soleado y quasi colonial Algarve, dos obesos pederastas, una cena de alcohólicos con visos de negocio y una niña que rompe el “universo familiar”. Me quedo con una imagen de este verano: la mujer africana que, exhausta, en su cayuco volcado, tuvo que soltar a su niño de meses a las aguas porque sus brazos ya no podían más.
