Paul Bowles en Tánger, la ciudad huérfana.
Paul Bowles, todo un símbolo de la generación beat, recaló en Tánger en 1952 de forma permanente. Su esposa la escritora Jane Bowles le acompañó en un viaje que exprimió los límites de su propia moral y les llevó a una vida más extravagante. Apartado de la política y los movimientos de los sesenta dieron cobijo a Jean Kerouac (catequista hippy con "En el camino") o a Whilliam Burroughs. Sus pulsiones y sus experiencias surcaron una vivencia agitada unas veces y diletante en otra. Al margen de sus variadas preferencias sexuales convivieron con una criada marroquí de la cual el siempre pensó, al final de su vida, que fue ella quien envenenó a sus mujer en 16 largos años de enfermedad cerebral que culminó con una muerte temprana.
De esa vida ha quedado un rastro literario nada despreciable y al que la izquierda solió obviar por "burgués" y la derecha por mirarlos con el cristal ahumado de la censura moral. "El cielo protector" su primera obra plantea un viaje doble, la soledad bella y atenazadora del desierto, el único lugar al que solía ir y el viaje al desierto del interior del espiritu, el lugar donde los miedos y las angustias atenazan el cuerpo y la mente. Bertolucci plasmó la obra en una pelicula bien construida. "Misa de gallo", su última obra, nos da una idea clara y llana de la cultura marroquí en la vida diaria.

La subsistencia, la dificultad para vivir un amor que rasga principios establecidos. Si Bowles les puede atraer tal vez sea por sus imágenes sencillas y narrativa breve. En 1992 publica su último libro que les recomendamos "Lejos de casa", acontece en el contexto ecuatorial de la àfrica francófona, pero vuelven a ser dos seres ante un paisaje y unos colores. La sencilla edición de Seix Barral encierra un regalo visual abundoso. Dibujos de un joven Miquel Barceló.
Por su guarida en Tánger pasaron Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gore Vidal, Gregory Corso, Djuna Barnes o Cecil Beaton. Subían hacia el café Hafa, sobre los acantilados, y contemplaban el estrecho fumando kif.
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