Monogràfrica: Zanzíbar, un balcón de milenios.

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mini.jpgSon las seis de la tarde, el sol enrojece hacia una puesta aún tardía. El Tembo és un hotel con resabios antiguos, algo descuidado y con un mobiliario recargado entre hindú y árabe. Son tres cuerpos de edificios blancos presididos por la mampostería y los colores crema. El personal es amable, lo justo. El gerente es un musulmán nervioso que recorre las dependencias continuamente y abronca, reconviene o saluda a sus empleados.

Pero el Tembo encierra un crisol que nos ha impresionado francamente: el jardín se abre a una playa breve de 20 metros de largo por cinco de fondo. En esa lengua de arena batida por olas suaves contemplamos una multitud de niños, muchachos, jóvenes, apenas alguna chica. Juegan, saltan, hacen saltos mortales, entran y salen del agua sin cesar. La mezcla de edad es espectacular. No tienen Playstation, ni DS, ni Internet. Son felices chapoteando y entrando de cabeza al agua una y otra vez. Los colores de la piel y los rasgos físicos son tremendamente variados: rasgos nubios, africanos de pómulos anchos, espigados y huesudos propios de Etiopía, tipologias físicas de jovenes judíos, musulmanes casi norteafricanos, es impresionante. Una madre musulmana acerca sus hijos que apenas andan a las olas y una grupo se ofrece a hacerles sobrevolar las olas gentilmente. No hay duda, aqui los niños son el corazón de la decadente Zanzíbar.

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Un detalle nada nimio: algunos se bañan con bermudas y jersey, son los musulmanes, mayoría del 90% en la isla. Algunos se bañan con tejanos y jersey delgado, en la cabeza llevan un gorro de lana prominente, de más de un palmo de altura, el pelo algo rizado, son parsíes, los tartarabiznietos de los persas de Sirahz que arribaron el el s.XVI a Zanzíbar. Es un espectáculo que nos emboba durante más de dos horas. Al dia siguiente, a las siete de la mañana, ya estamos en la misma mesa, amanece suave. Empieza a aparecer una procesión de hombres jóvenes y maduros, se sientan en la arena, contemplan el mar, hacen unos ejercicios físicos parecidos al yoga, se bañan, vuelven a salir, se saludan, charlan con parsimonia, se vuelven a entregar a sus ejercicios, el día puede esperar.

Al otro lado, embarrancado en la arena un ferry vetusto y enorme descarga a ritmo medieval de porteadores brazudos y musculados. Y muchos mirones, en à„frica siempre hay mucha gente sin nada que hacer, nada, estaran allá todo el dia. La terraza del Tembo nos ha parecido lo más incomensurable que nuestra vista y nuestros sentidos han abarcado. No hemos tratado de comprender nada, a lo sumo deducir levemente, sin más. Ha sido sumergirnos como espectadores en un mundo inexistente a nuestras entendederas, que jamás comprenderemos, ni falta que hace, pero tenemos la sensación de que en ese espacio privilegiado y bello cinco religiones distintas paseaban sus almas. Inolvidable Tembo.

4 comentarios en “Monogràfrica: Zanzíbar, un balcón de milenios.”

  1. recordo haver tingut una sensació similar en un dels meus pocs viatges, era al Marroc… una terrassa al terrat d’un ediici sobre els carrers de Fez, era un mirador de la vida, captivador , tafaner, però amb la mirada relaxada, deixant fluir una barreja de imatges, olors, sensacions … sense cap altre inteció que el plaer de mirar i gaudir…
    aquests moments son graaaaansss

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