Harpo es un trozo de noche de una vida que ya no existe
Son décadas de verlo una vez o dos al mes, calle abajo hacia donde la noche siempre fue la tierra prometida de lo prohibido, el viejo Paralelo de Barcelona. Esa calle que fue crisol de un siglo y almanaque històrico. En sus terrazas atestadas se dibujaron atentados, se abortaron robos y se fraguaron tratos de cuerpos en tiempos de lascivias ocultas y represiones bajo el forro de la conciencia. Pero si en algun lugar especialmente el arca de la noche guardaba el tesoro de la transgresión era en la zona de los teatros Victoria, Talía, Arnau y como no el memorable Moulin Rouge, casero, de Barcelona, El Molino. De los 20 a los 70, guerra de por medio, esa era la zona de las vedettes, las cupletistas, cabareteras y busconas. Pero también de teatro de cómicos y artistas de calidad dispuestos a poner en escena lo que entonces se podia y se dejaba poner. Y ahí, junto al barrio del Pueblo Seco, cuna de artistas y refugio de transexuales, travestidos y mariconas de todo plumaje la convivencia y la connivencia con una clase trabajadora honesta, combativa y a medio restañarse del costurón emocional de una guerra perdida.
A él siempre le he llamado Harpo. à‰s alto, tiene unas manos grandes y rugosas, su mirada siempre fue la de un payaso poco alegre, pero con ese tono en el rictus de humanidad sufrida. Harpo fue bautizado en mi mente como un homosexual discreto en la calle, vestido sin estridencia, algo dejado, pero que en lo alto de su cabeza conservaba un detalle que era la corona que anunciaba su feminidad: una peluca a tono con sus pestañas grisáceas. Tantos años viéndolo bajar Paralelo abajo con su amigo preferido, o pareja, bastante mayor que él . . . Hasta que una tarde y otra noche y otra te das cuenta que baja solo, más triste, que la peluca está peor colocada y las ojeras se prolongan, no anda tan bien y siempre lleva dos bolsas de plástico.
Hoy me lo he encontrado junto a las escaleras de una comisaria de policia con las bolsas abiertas y frente a una batería increíble de bandejitas de plà stico repletas de despojos sangrientos y entonces me ha dado cuenta de que a Harpo solo le quedan los gatos de la calle Lérida. Me he detenido y lo he visto serio y sobrio, concienzudo troceando las vísceras y sin alzar la vista. Por un momento he pensado que estaba troceando sus recuerdos sangrantes y los entregaba a los gatos de Montjuïc, los únicos que aún le miran, los únicos capaces de deglutirlos y no responder crueldades. Salud Harpo y espero que en nuestra vejez no nos falten los gatos.
Related posts:
Aún no hay trackbacks.