Pedro quiere acabar con su casero.

Le llamaremos Pedro para anonimarlo. Hace más de 25 años que levanta la persiana de una tienda de detergentes, perfumes y productos para el hogar. Habita el bordillo que hay junto a la tienda y siempre tiene a mano una carretilla para subir a las casas los pedidos de los clientes. Da igual la cantidad, el peso o el importe. El tiempo lo ha puesto orondo, enrojecido y con una barriga de trailer que se adelanta a su humanidad. Cuando habla contigo lo hace en tono bajo, como si alguien lo estuviera escuchando, suele apasionarse cuando habla de su Barça. En tiempos victoriosos de su club de amores suele ser la tortura de todos aquellos comerciantes, vecinos o transportistas que el sabe que son perfectos madridistas. Durante estos años sus conversaciones suelen girar sobre el deporte, la policia municipal o el tiempo. Unos de esos días me contó, al pairo de si podría facilitarle una habitación, que vive realquilado en casas de escaso porte con habitantes de la tercera edad.
Te menta su memorial de agravios sobre cada uno de ellos y no te deja más remedio que darle la razón. Pero el problema es cuando, algunas veces, levanta algo la voz, enrojece más allá de la hipertensión y te cuenta su truco para hacer que dejen este mundo. Te pone la mano en el cuello, marca territorio con los pulgares, mientras te dice “perdona, eh” y asegura que con apretar ahí tiene bastante, que con un lapso relativamente breve de presión su jubilado opresor de turno abandona las delicias de su pensión y su mando a distancia. Siempre le recuerdo que la ciencia forense está muy avanzada y que tal vez a él no le sea oportuno gastar energias en tamaña desgracia. Pero no consigo nada, él abunda y redunda. Lleva mucho dentro, algo más que cante jondo. Me referencia su experiencia en la lucha libre, sus décadas de gimnasio, los entrenadores que tuvo, la gloria de una medalla nacional arrebatada por una injusticia arbitral, en Madrid por supuesto. Me alejo siempre alegando prisa y no sé si concluir que Pedro tiene un árbitro de lucha libre al que finiquitar con sus pulgares, o simplemente a los cincuenta y algo quiere purgar muchas humillaciones escogiendo un casero indecente. Me consuelo pensando que es una buena persona, noble, trabajadora y asediada por la escasez afectiva, económica y vital. Me estremezco pensando en aquella manida frase de suceso terrible: “Era una persona muy normal, nadie lo hubiera dicho”; me preocupa que hace mucho tiempo que él lo dice.

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