Pequeños placeres vitales. El barbero.
Aprovechando que estamos de vacaciones en Sant Feliu de Guíxols he realizado uno de los pocos rituales que conservo. Cada dos años voy al barbero y me he afeito completamente la barba, de manera que durante unos días recuerdo el porqué llevaba barba al mismo tiempo que me sirve para reencontrarme con mi pasado y saludar al yo del espejo. El ritual lo realizo en Agosto y en vacaciones, para evitar en lo máximo posible (fotos aparte), los comentarios jocosos y risas de amigos y conocidos.

Habitualmente me recorto y arreglo la barba yo mismo y como ya son muchos años los que llevo barba, he conseguido un grado de destreza más que aceptable (después de muchos destrozos). Pero siempre encuentro placer en ir al barbero:
Lo primero que necesitas es localizar una barbería de confianza. Hay cientos de peluquerías pero muy pocas de ellas pueden y saben afeitar una barba.
En Sant Feliu, al lado del Casino, podeis encontrar El Portalet. Es un local pequeño y alargado y en la puerta tiene el letrero clásico sobre una puerta de madera y cristal que sólo tiene un cartel en la puerta, el del horario: de 9 a 1 y de 4 a 7. Domingos y Festivos cerrado. El interior es mejor todavía. Entramos y a la derecha veremos cinco o seis sillas, con una mesa en medio de ellas con varios periódicos, y a la izquierda, dos butacas de cuero rojo, un gran espejo que recorre toda la pared y dos estanterías con lociones y colonias, incluida la evocadora Floid.
El ritual es sencillo. Comprar el periódico (llevo una época leyendo La Vanguardia), y sentarse a esperar su turno. Mientras espero, recuerdo el barbero de Ansoain (cuando mi barba tenía 3 pelos), un barbero dónde cortaban el pelo a los niños y la barba a los señores, y en la mesa de los periódicos podías encontrar tanto un comic de Mortadelo como el Interviu y el LIB.
De fondo, es imprescindible que exista una radio, y los barberos van comentando todo lo que sucede en las noticias, además de organizar una tertulia improvisada con los parroquianos. En este caso, sobre la invasión de Georgia y la crisis económica. En mis recuerdos de infancia predominan las tertulias de fútbol.
Me toca el turno y me siento en el sillón de cuero rojo. Le indico al señor José lo que quiero (quitarme completamente la barba) y me quito las gafas para facilitar el trabajo. Lo primero es marcar las patillas (largas, cortas, más finas…) y lo siguiente es rebajar la barba con la maquinilla, de manera que dejamos preparada la cara para la navaja.
Pero antes, hemos de poner la crema de afeitar. Creo que estuvo diez minutos poniéndo crema y más crema. Primero hacía una capa, la repasaba, volvía a repasarla y cargaba más crema. Mientras esto sucede, escucho la conversación del otro barbero con su cliente que se queja de la crisis. El hombre había trabajado hasta hace dos meses en la construcción y ahora tenía tres trabajos temporales, dos relacionados con la hostelería. Según sus palabras, las ventas en los restaurantes eran muy flojas este año. Como no había trabajo y no entraba suficiente dinero, no paraba de repetir que “el invierno será muy triste”.
Después de varias capas de crema, comienza el afeitado. Para quien no lo haya vivido no hay experiencia similar. Una mezcla de placer y ligero desconcierto. La cuchilla va rascando la piel y rasurando el pelo. Supongo que será por mi tipo de piel, pero sonaba continuamente un seco ras, ras, ras. Al final te relajas y te dejas llevar, incluso te puedes quedar dormido, de la relajación mental que te proporciona.
Cuando ha terminado el primer rasurado, vuelve a poner crema y el ritual comienza de nuevo. Quince minutos de afeitado después, considera que ya ha conseguido su objetivo, te limpia la cara con una toalla y te pregunta si quieres loción que “pique” o que “no pique”. Uno ya está acostumbrado a las lociones que escuecen, así que tengo fácil la elección.
Después de todo el proceso, de más de 30 minutos de emociones y recuerdos, pago los 12 euros que me indica y salgo por la puerta deseando que dentro de dos años, aún esté abierto El Portalet.
