Diario de un excedente (5): Se quieren . . . les amo.
Entre la variedad de sortilegios emocionales que nos ofrece el barrio ya les he reseñado en alguna ocasión la prominente aparición de peluquerías regentadas por chinos. Sus carteles no tienen ningún desperdicio y sus precios aún menos, hay algunos por los que más de uno se haría su cliente, les menciono el que más me atrae: "Cortar cabeza 6 €". No les oculto que la primera vez que lo leí se me pasaron por la mía imágenes a 300, me venían algunos políticos, ciertos directores bancarios, un sinfín de vigilantes de parquing, algún mozo de cuadra (que es como aqui sobrellamamos a los recaudadores) y aquella monja sebosa que repellizcaba con perdición digna de denuncia mis mofletes a los nueve años. No, solo fue momento, pero existió y me debatía en la duda de confesárselo por sí algun dia estas líneas pudieran formar parte de un sudario, perdón, de un sumario que cuestionara mi civilidad. Pero un diario debe de ser un diario.
Con el local llegó una legión de veinteñeros asiáticos, vestidos a la moderna y que aunque sean las diez de la noche siguen arreglando lo imposible, la cabeza de la gente. Si algo les distingue es que no salen casi nunca ni circulan por el barrio. Pero como no hay regla sin excepción les diré que hay una muchachita de edad algo indefinida, le pondría unos veinticinco, que revolotea por la acera más de lo habitual, entra y sale de las tiendas, ora se compra una cola, ora sale a pedir cambio al mejor frankfurt del mundo, siempre sonriente saluda a las ancianas que vieron la llegada de súbditos chinos, paquistaníes y bangladesíes como el anuncio del ocaso civilizatorio; pero que hoy ven con simpatía que la permanente les cuesta una miseria y es compatible con su pensión . . . acabaramos, esto es Catalonian.
Al lado, dos puertas más arriba se extiende un bar muy extraño, durante años cafetería de neones y puerta oscura, con silueta promienente en el dintel y que sufrió una revolución al convertirse, aparentemente, en un bar, digámosle, normal. Pese a ello el perfil del personal masculino y femenino parece el mismo de los tiempos antiguos. Las señoras son del Este y los señores son un casting de "Callejeros". Tras la barra suele haber dos señores paquistaníes altos, con chaqueta de pana a lo Felipe Gonzalez Old Transition Blend y bigote más puntiagudo que un cepillo de cerdas. Y fue hace una semana, llovía suavemente, hacía un frío que calaba, la amplia acera estaba vacía y la terraza recogida, pero quedaba una mesa y dos sillas. Allí, sentados el uno frente al otro, se sonreían mutuamente con sesgo de vecindad reciente y algo eufórica. Me marché calle abajo contento, me pareció una maravillosa e imposible historia de amor: à‰l, obligado a hacer quince horas en la barra trabajando para un preboste de Karachi y ella pagando con salud la dura jornada en la peluquería donde las cabezas se cortan porque debe pagar los tres años de trabajo casi gratuito al que las mafias le obligan. Hermoso, es el primer diálogo intercultural que me parece espontáneo sin que la Obra Social de La Caixa haya intervenido. Cortar cabezas . . . zas, zas, zaaaas . . .
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