Gracias tía Liz por dejarnos a Miguel un rato.
Echó la silla de ruedas hacia atrás, se lo miró de arriba abajo, volvió a acercarse y le bajó la costura de la americana, no sin antes darle un toquecillo a la bajera de la bragueta que sobresalía en exceso, él hizo un gritito suave, un alaridillo ahogado. Era feliz como nunca, había dado mil vueltas al mundo pero hasta que no conoció a la tía Miguel no reparó en que él necesitaba un espejo de carne y hueso, que no fuera nada fiel a su imagen, un espejo que le devolviera amor y ternura o aunque solo fuera algo de atención, de fijarse en él fuera de las tramoyas.
Y la tía, proverbial, nunca fallaba, le recomendaba médicos, abogados, sirvientes. La tía nunca ha compartido con él esa horrorosa afición de llenar los pasillos de su casa-rancho de esas horribles figuras de Lladró con las que los millonetis rusos decoran sus polvos viagreros. Le cayó el mundo encima, los monstruosos se salieron del Thriller y le persiguen en interminables noches. En la mano llevan cubos de pintura color piel negra y solo uno le ayuda a borrarse a sí mismo con una goma hecha de almizcle de hombre blanco, de rostro pálido.
En el barrio, para nosotros, siempre ha sido Miguel, el chavalillo que salió de la covacha para arrasar en dos décadas de delirio musical. Es nuestro Moonwalk que en noches de luna llena echamos de menos y soñamos en que se nos aparezca bailando por los tejados de la Feria de Muestras. Este barrio nunca tuvo ídolos, pero en la tertulia del bar hemos hablado de Miguel, que vuelve, y somos conscientes y agradecidos de que la tía Liz que ha ido al infierno del alcohol, la fama y los tumores (y ha conseguido volver) es el único terapeuta que puede sacarlo de la moqueta donde lloroso contempla la noria de su rancho parada, el aparato de las palomitas oxidado y ya ningún niño hace cola para montarse. los niños se hicieron mayores y lo esperaron en los tribunales, en la corte de Santa Mónica.
Y a pesar de que ninguno le dejaríamos el sobrino para un canguro de fin de semana nos alegramos pensando en que la tía Liz lo ha empujado al escenario. Sin saber la pena que dará, o no, nos excita la idea de ver a Miguel en un "deja và»" remasterizado. Me pongo el sombrero, me estiro y me llevo la mano al paquetillo y lanzo un alarido. La vecina del segundo me mira y piensa que siempre he sido un poco maricón, me da igual, una de esas noches Miguel se me aparecerá en el espejo de la escalera. Habrá vuelto el ritmo. Gracias tía Liz !
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