Mirar Iberia (6): San Martín de Touriñan.

La tarde en que tragino desde la inmensa ensenada de Nemiña, en la desembocadura de la ría de Lires y voy camino del faro Touriñan me pierdo entre caminos. Es un despiste leve, propio de la emoción que suele empañar lo que se presenta como una tarde de buena luz para fotografiar. Pero en ese camino el azar me lleva a una pequeña aldea de no más de quince casas agrupadas en una ladera de un monte de pastos. Me detengo ante la iglesia: San Martín de Touriñan. Siguiendo la costumbre la aldea tiene en su centro la iglesia y el cementerio.Doy una vuelta, por la estrecha calleja que baja del monte avanzan raudas vacas y bueyes en bajada, hay que apartarse. La mujer que las conduce saluda amable y escueta.

Siempre me pasa lo mismo. Esas piedras musgosas, rodeadas de florecientes hierbas, musgos de toda la gama de colores del verde y el amarillo me llaman. El granito, la piedra, son señales de un megalitismo civilizado que, pese al orden arquitectónico de la construcción religiosa, sienta raíz de como empezó todo y son signo evidente de que el material primigenio, asociado a los ritos, sigue siendo el imán de tantas creencias respetables.

El cementerio nos deja siempre leer algo de lo que es o fue la vida de los que allí vieron la luz escueta de un invierno nuboso o una primavera luminosa y aguada. En los nombres, en las fechas, en los apellidos, en los lugares donde fallecieron . . . en la constancia lapidaria de quienes les homenajean, sus sobrinos, sus hijos . . . Un caracol trepa audaz sobre la cruz blanca de una tumba a ras de suelo sin ninguna inscripción y rodeada de hierbas altas aunque no descuidadas. Alli resta lo que quede de compañeros de escuela, amigas de juego, enfrentados hasta morir. Ruines, alegres, villanos o generosos yacen en el centro del pueblo por el que hay que pasar para ir a cualquier parte. Es ese momento de silencio que impone la visita de un cementerio y la paz que respira. Marcho calle abajo y me acuerdo del poeta ” . . . que solos se quedan los muertos !”. Una evidencia que no les pretendía descubrir, pero un momento que quería compartir.

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