Mirar Iberia (7): Porreres i el poro del maresc.

La madrugada me despierta inquieto. Salgo a la sala inmensa. Enciendo un cigarrillo y oigo al gallo. La Serra de Tramuntana, ese inmenso bloque que asienta a Mallorca en el Mediterráneo, naranjea con escasa luz. Tomo notas. La tarde y noche anteriores he conocido Porreres por encima, pero no hay duda de que la inquietud que me asalta es un mosaico de instantes sorpresivos. Nuestra amiga Margalida nos ha ofrecido un pasmo visual sorprendente. Las calles alineadas del centro del pueblo son pétreas y consistentes. Hay una tonalidad que solo da la piedra de maresc, sólida y alisada, con nervuras verticales, otras veces rugosa y escarchada en escamas hasta mostrar una especie de entraña arenosa. Es el poro de la vida que se esconde tras persianas verdes, arcos cincelados y portalones inmensos. Dentro los patios floridos y cuidados como altares en homenaje a la ruralidad de la zona: el Pla de Mallorca.

Pero lo visto hasta entonces me hace pensar en una ciudad toscana rural, alineada y severa, más de lo que parece, para los que la conviven. Algunas casas esconden un pasado colonial de patios con arcadas y escaleras y balaustradas opulentas, pero escondidas. En nuestro paseo de esa noche irrumpe Sara en pijama, tiene cuatro años y unos ojos negros inmensos que brillan al ver a Margalida y se lanza a sus brazos. Nos besa, es hermosísima y la pequeña de una famila de cinco hermanos, otro en camino, marroquíes que viven en el pueblo. la madre sonríe tímidamente tras las celosías y nos obsequia con un pan exquisito de factura casera.


Más allá un local de impecable y moderna factura con una inmensa fotografia, una pasarela que se adentra en un lago. Es una funeraria moderna que chocó con los vecinos pues tuvo expuesto durante un tiempo uno de sus productos estrella: un ataúd de artesanales formas labradas. Pero los vecinos no admitieron que a todas horas, al pasar, se les recordara el vehículo hacia la eternidad allá expuesto. La cosa no afloja, nos presenta al industrial florista que tiene una tienda excelsa de flores, conversamos y accede a mostrarnos dos de sus obras pictóricas, de una gran calidad, una réplica fantástica de Las Meninas y una subyugante Sissi emperatriz encarnada por Romy Schneider. Me acordé de Luis II de Baviera.

Vamos camino de la iglesia, una inmensa basílica que en la zona llaman la “catedral des Pla”. Su interior revela un barroquismo ilustrado y excelso. Impresionantes las tallas de los ángeles que custodian el altar, todo un fomento de vocaciones gays en la zona, una tentación para monaguillos irreverentes. Después de tantas sensaciones llego a pensar que Ana Magnani se cruzará en nuestro camino pues algunos vericuetos callejeros me recuerdan al Trastevere romano y a Ana deseando “Buona notte Federico” a su querido Fellini en esa “Roma” sublime. Damos cuenta de unas ricas panadas caseras. El saïm, los orígenes judíos, los chuetes y la madrugada nos llevan a la cama. Mañana más. Mirar iberia desde Porreres es excitante.

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