Mirar Iberia (8): Jubilación de carajillo.

à‰l trabajó durante muchos años en una multinacional del seguro, ella fue enfermera de la unidad de neonatos del hospital de Karslhue. Crecieron en el bloqueo de Alemania, escucharon a sus mayores hablar del discurso de Kenedy en la puerta de Brandemburgo, cuando preguntaron por el traje de las SS que había en el desván nadie les contestó y en los 80 se lanzaron a la selva viajera del mundo preglobal. Para entonces sus mayores ya habían descubierto que en el sur vivía una gente bárbara y amable que tenía sol todo el día, comía de cualquier manera, pero sabroso, y todo te costaba la mitad. El destino les metió dos hijos entre pecho y horas extras y a finales de los 90 fueron generosamente jubilados por el gobierno federal. Por eso solo tuvieron un sueño cumplido en demasía. Afincaron en Mallorca, en la Colonia Sant Jordi, y llevan una agradable vida que a muchos nos parecería aburrida. De todos los placeres que brinda España la paella y el alcohol se llevan la palma de la prioridad.

Es la última tarde de abril, han estado sentados unos quince minutos, ella ha llevado la mano a la botella de Veterano tres veces y la ha vertido generosamente a su taza. Sorbe corto y placentero procurando disimular la excitación gustosa, no más, que le procura el toro de fuego sobre fondo amarillo. Luego aprieta los labios y mira a un lado y a otro como para comprobar no ser vista o buscar una sonrisa cómplice. à‰l está clavado en la silla, fijo en el horizonte, ve venir la gaviota que anuncia el fin de la lluvia. A veces piensa porqué a ella le gusta tanto el Veterano, cómo despues de tantos años en Mallorca la ceremonia que les une más no es el sexo tardío, la conversación con compatriotas o la lectura de Larsson, sino que hay un momento mágico en sus vidas y es ese carajillo gigante con bises dobles de media tarde. El momento en que el cielo empieza a tomar el color de la etiqueta.

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