Horchata y fartons.

El empastre valenciano es algo así como una merienda de horchata y fartons, ese dulce cuyo nombre catalán lo dice todo “fart”, harto en castellano, un dulce tostado con huevo, sobredosis de azúcar y ajeno a los límites calóricos de la OMS. Así nos tiene la Valencia de los periódicos, un desfile de sastres, amacarrados en bigote y nacaradas noticias de peloteo hacia Camps, ese presidente cuya efigie de madelman anoréxico y maneras algo curillas, que huelen a seminario preconciliar a labios algo carnosos, pero algo entrecruzados por el destino facial, sin duda un rasgo de vicio prominente que no pensamos criticar, solo dejar constancia de su existencia. A la Valencia pujante de la Ocean Race, la fórmula 1 y los trajes no se le puede negar ser un centro del eje mediterráneo ecónomico. Pero quedan por ver las formas, las maneras y ahí no se puede subir nota. Desde hace tiempo la televisión valenciana viene siendo paradigma de censura informativa. Se pasa de puntillas con todas las noticias sobre las presunta corrupción de las autoridades y su implicación en la trama de los casos Orange Market y Gà¼rtel. Cuando por arriba, en el poder, se funciona así, por abajo todo vale.

Y de ese “todo vale” Valencia se despertó la semana pasada desayunando fartons y pan ácimo amasados con tejidos, arterias, piel y uñas de emigrante. Una deconstrucción servida en forma culinaria a través del lamentable incidente del emigrante cuya mano quedo dentro de una máquina amasadora de pan. Una verdadera desgracia, un accidente laboral que se completa con el abandono del cuerpo del emigrante en la esquina del hospital para que el empresario no fuera descubierto dado que el emigrante no tenía papeles ni contrato de trabajo. Se preguntarán porqué, tiene su lógica, debían de volver a la empresa, limpiar la máquina y arrojar la mano descuajeringada al contenedor. Cuando veo al trabajador mutilado se me ocurre pensar en esas estátuas clásicas que pueblan el Louvre o el museo del Partenon. Pero claro él no es un dios sinó un ángel de la producción al que le han cortado una ala. La Valencia pedorra y provinciana gobierna y es mayoría, invita a horchata a las fiscalías y a los tribunales superiores, llena los bolsillos de la macarrada industrial, forra al mafioso Eclestone de la F1 y gasta el dinero público en eventos que darán beneficio a privados. En ese clima me pregunto ¿Quién le hará justicia a ese pobre emigrante? Posiblemente les den una estampita de la Virgen de los Desamparados mientras suena una risotada de Rita Barberá, de esas que huelen a vino blanco fresco alicantino.

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