PALQ (1) Chozas en Siberia.
El Gipa me tenía frito en la acera, estaba más alterado que otras veces, casi lloraba mientras apuraba el canuto hasta el final:
-Sabes lo que me dijo mi padre cuando lo pille traginándose a mi novia francesa . . . cabrón . . . tranquilo hijo . . . la polla no tiene familia.†Le tiré una botella y le juré matarlo.
Se echó hacia atrás apoyado en la pared, vista perdida. En eso me salvó el Rana pidiéndonos que entraramos en el bar, parecía importante. A veces sonaba cualquier cosa pero cuando el tema, lo contado o aquello que se daba a saber o intuir rebasaba lo común no había error posible, Um Kulzum nos acompañaba de fondo suave. Pero el Rana no reparó en ese detalle. Se sentó en la barra, su pantalón pitillo, sus manos finas, de dar poco golpe y su piel tersa parecían darse tortas con aquel rostro doblado de arrugas, con el pelo concentrado a medio cráneo, anuncio de una calvicie poco fuerte. Siempre llevaba las gafas de sol, aunque lloviera, y solo se las quitaba para comer.
Era cuando el rostro cobraba expresión y justificaba su mote: el Rana. Dos enormes cuencas alojaban a unos ojos hinchados y tridimensionales que pugnaban por ser artefacto de mirada o clase de anatomía tardoral. Se hincó en el gaznate media clara, saboreó asquerosamente y dando un chasquido con los labios, consciente del anuncio que había dado al auditorio disertó:
-He hablado con su hermana, está ingresado en Sant Boi, en el manicomio. Estaba mal. Lo encontraron muy lejos de aquí, está perdidito, pero tranquilo, dice cosas a ratos, que se entienden a medias . . . los médicos no le ven mucha salida, alguna a lo mejor . . .
Y al Rana se le notaba algo afectado, le jodía, podía entender que se lo llevara la pasma, que se peleara con alguién y le hincharan los morros; pero daba a entender que el psiquiátrico era un billete solo de ida. Me dió miedo, senti una mañana brumosa en Siberia y veía al Chozas de espaldas echarse a nadar hasta perderse en la nada de los hielos.
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