PALQ (8) Cuando todo empieza a ser otra cosa.

La madrugada no me dio tiempo a aspirar el olor a vinagre y a sudor de alcohol que transpiraban las sábanas, casi no pude recordar más que la penetrante mirada de la medusa y luego perdernos en el pozo de, ropas y objetos que con nosotros cayeron sobre la cama. Y digo que tiempo no dio porque a eso de las cinco y veinte el Giba y yo estábamos aparcando la furgoneta en la parte trasera del manicomio. Había mucha humedad y casi ningún ruido, solamente se escuchaban las salidas de aire de las cocinas. Había una señal convenida; a las cinco y media se cumplió. Dos operarios del manicomio sacaron en una carretilla eléctrica seis enormes contenedores de plástico con ruedas y los fueron depositando junto a la alameda. Uno de ellos, en cuanto estuvieron todos alineados destapó el del centro. Era la segunda señal, y tan pronto se cerró el portón el Giba se me adelantó como un poseso abriendo más el contenedor y de dentro se alzó el Chozas seco como un palo, sonriente entre la barba y una especie de pústulas que le acechaban la mejilla izquierda, sonrió marcando calavera, alzó los brazos y prorrumpió:

Fue aquella la señal del destino del pueblo de Dios, las aguas se abrieron haciendo un pasillo verdoso y un fondo de tierra seca, era la señal que Moisés . . . . No pudo acabar pues el Giba ya lo llevaba en volandas camino de la furgoneta como quien agarra una lámpara de Ikea, las que no pesan nada. En la furgoneta nos abrazó pero le cambió el ánimo de manera repentina, escrutaba los retrovisores, miraba a ambos lados de la carretera, estaba inquieto en extremo. Me pidió un cigarro y me abrazó emocionado: Yemas, te liquidó el desagà¼e la Pouso ¿eh?”.

-¿Pero cómo sabes los de la Pouso?

-Te la mandé yo so gili, alguién tenía que daros instrucciones, ¿o crees que ella pasaba por allí?

El apartamento del Giba iba a ser su nueva guarida. Estaba en la calle de Lérida, junto a Montjuic y el Pueblo Seco. Era una pieza de sesenta metros tabicada lo justo para separar la cocina. Los muebles eran más modernos que su dueño, pero las paredes, pintadas de negro estucado, parecían dignas de un pub de los setenta. En un rincón de la sala llamaba la atención una reproducción en madera tallada de un moai de la Isla de Pascua. El Gibas nos sentó, puso dos gintonics en la mesa y cambió hasta de voz:

-Bueno Chozas, vamos a la cosa: este chaval tiene que saber donde estamos y con qué jugamos, se acabó la comedia, los Mossos y el SIM no tardaran en husmear . . .
Fue entonces cuando el frío me recorrió el espinazo de arriba abajo, solo tuve esa sensación veinte años atrás, en la frontera francesa, cuando me metí las actas de un congreso en los calzoncillos y picaron a la puerta del WC al grito de: Police,ouvrez”. Pero eso lo dejo para otro momento, las cosas parecían pintar más serias, hasta el Chozas parecía haber abandonado su papel y el Giba parecía un tipo más fino, su voz cazallosa había desaparecido . . .

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