PALQ (10) Llamadme Ismael, a veces pierdo el Yo.
“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto tiempo exactamente-, con muy poco o ningún dinero en el bolsillo y sin nada en tierra que me interesara, creí que podría ir a navegar por ahí y ver la parte acuática del mundo. Es mi modo de ahuyentar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que me sorprendo con una expresión de tristeza en la boca que va en aumento; cada vez que un húmedo noviembre de lloviznas anida en mi alma; cada vez que me descubro deteniéndome involuntariamente ante las tiendas de ataúdes, y siguiendo a cualquier funeral con que me encuentro; y especialmente si la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un sólido principio moral para no salir a la calle y derribar metódicamente los sombreros de los transeúntes, entonces, comprendo que ha llegado la hora de hacerme a la mar cuanto antes. Éste es mi sustituto para la pistola y la bala.”
Después de todos los hechos acontecidos, tras tanta zozobra y al final, sí es que podía serlo, tanta sorpresa; decidí tomarme unos días de fiesta. El barrio, el bar la Pineda, la calle, la fauna humana, todo era lo mismo. Pero yo ya no lo podía ver igual, nada igual. Tenía tantas dudas sobre lo acontecido que ni el Chozas, perdón el fantasma del Chozas, su verdadera identidad y la de los que le acompañaban me hacían sentir absolutamente idiota. ¿Cómo pude caer en una red de las suyas? ¿Cómo saber que aquellos callejeros que sólo tenían la barra como puerto de atraque; escondían una panda de civilies secretos?
Ahora que yo había decidido abandonarme unas horas a la semana en la dinámica del bar, en sus ritos, en sus personajes. Bueno, no nos engañemos, yo había ido por mi afición al fútbol, pero eso no era del todo cierto también fui por una curiosidad de escritor aficionado, deseoso de conocer la vida de quienes transitaron de gorra por mis posts. Pero he salido trasquilado, bien trasquilado. Y la papela, tremenda papela, mi vida escondida en un instante, las militancias, los contactos. La literatura siempre fiel y puntual a su cita me había jugado una mala pasada: mis presuntos inspiradores se habían inspirado en mi para advertirme que tal vez no hay ficción. Eran dos patadas en los cojones de mi escasa realidad, para mi suficiente . . . perdón, un lío tremendo.
A ellos tampoco se les veía, todo el mundo sabía que el Chozas había salido del psiquiátrico y solo el Rana aparecía por allí como si nada. Me ignoraba bastante, pero cada vez que empinaba la Voll Damm a morro miraba hacia donde yo estaba. No era amenazante, pero era algo así como “bien Yemas, así, calladito, así me gusta”. No soportoba a un Guardia Civil secreto convertido en dama de cuero de mis secretos y con el látigo señalando los labios que se apretaban forzando una media sonrisa. Era algo físico, luego se me quedaba, una especie de vómito que rondaba por mi estómago. No podía, no sabía qué hacer. Una noche decidí emprender el camino hacia el Delta del Ebro. Lo tenía claro: Truñó, sólo Truñó me podía orientar. Hablé con el jefe, casi parecía alegrarse de perderme de vista diez días.
Me sentó bien conducir. Autopista abajo me di cuenta de que el mundo, como el barrio, seguía igual que siempre pero yo me sentía algo mejor viendo el Penedés otoñal. El cielo encapotado y la ventolera de cara me frenaban, pero no tenía prisa. Removí la guantera entre multas, chicles viejos pegados, lámparas fundidas y metí el primer CD. Sonaba Raimundo Amador y me pareció recuperar a un colega, canté con él, rabié con su “Pasa la Vida”. En el peaje de Tarragona la empleada estuvo a punto de llevarse los dedos a la sien y luego puso cara de cabreo. Bah, pensé, que le den.
Y aquí estoy, entre arrozales, sentado en el bar de la modesta plaza de Poble Nou, todo silencio, alguna garza cruza volando. Truñó vive aquí. Es un cabrón su SMS acogiéndome ya era revelador: “Tengo que ejercer de Yoda pequeño guerrero ?, ven joder y p . ”. Me avisó de que estaba en San Carles de la Rápita y llegaba a la noche. Y ahí me pillan ustedes sembrado en dudas, escanciando por no sé cuantas veces el principio de Moby Dick, me siento como Ismael, plenamente. Como si saliera de un naufragio pero agarrado a un ataúd, no sé si era un presagio. Pero siempre cuando lo leo en otoño me entra una flojera que me lleva, como ahora, a derramar una lágrima tosca y fría, es por mi y por el miedo que da saber que algo escrito un siglo y medio atrás puede retratarte tanto. Les iré contando, ahora me sumergo en el océano de Truño que no te augura casi nunca una travesía fácil, pero uno, grumete de la vida necesita tener cerca alguién que le enseñe a deshilachar los arpones del alma.


