PALQ (11) Radiografía de Truñó

Aquí, en este minúsculo pueblo del delta del Ebro, perdido entre arrozales, con una sola carretera de llegada Truñó vive discretamente. Mientras lo espero repaso las estanterías de su librería. Ya he leído, ya he cenado un par de lonchas de un riquísimo lomo asado, me he bebido dos copas de Santa Digna y miro por la ventana. La larga recta culmina en un puente elevado que, pese a la distancia, permite ver cual es el vehículo que viene. No hay salida, a los lados los canales de agua escoltan el trazado y quedan encerrados por sauces de ribera. Es como un cuadro, miro el mapa en la pared: nada puede ser aleatorio.

Cuando Truñó llegó no lo hizo de rositas, venía huyendo, “traspapelado”, dice él, y solo podía irse ahí y aseguraba que era una ave más de las que recorren los arrozales. En la Catalunya casi olvidada, venteada y con una sola ruta, un solo camino de entrada al pueblo, lo demás es todo agua y la parte trasera de la casa mirando a la carretera. No me extrañó, la primera vez que le conocí fue en Perpignan, era una madrugada y nos presentaron en el taller de una sociedad textil enteramente dominada por exiliados catalanes de la CNT. Alto, elegante e impecable, barbudo y locuaz. Solo una cosa me llamó la atención. Sus silencios eran largos y escrutantes mientras mesaba la barba con  sus largos y huesudos dedos. Era leyenda, todo en él era largo, se decía que quedó en segunda posición en el concurso de pollas largas del penal del Puerto de Santa María, en la galería de políticos. Al día siguiente, en el hotel, lo comprobamos quienes dormíamos en el suelo de su habitación, era una visión inédita y acomplejante. Lo primero que hizo al llegar a la sociedad mercantil francesa fue, tras las presentaciones, salir a la terraza del segundo piso. Truñó no se reunía en ningún lugar que previamente no hubiera inspeccionado por dentro y por fuera.

Tenía motivos: dos largas condenas en los setenta, torturas y una seguridad: sus problemas físicos eran debidos a que jamás cantó. Dentro de la extrema izquierda clandestina atesoraba otro galardón moral intachable. Cuando en los años setenta empezó a radicalizarse el movimiento obrero en el Baix Llobregat fue delatado por miembros del PSUC que militaban en CCOO. A mi compañero de mesa en Perpignan no le cabían dudas: “Lo hicieron con Julián Grimau, con muchos, ¿Sabes porqué cojea Marcelino Camacho?, pregúntalo a los de su partido que compartían celda con él . . .”.

Así llegó Truñó a mi vida, yo era un joven y pardillo militante que apenas llegaba a la veintena y él ya había estado en el infierno. Hacía más de cinco años que no sabía de él pero sabía de él porque en cuanto cambiaba de teléfono me mandaba sus datos, no quería saber nada de Internet, decía que el controlaba sus telefonías y podía detectar intervenciones. Creo que ya no militaba en nada, pero conservaba el inevitable tic avizor de policías del cual nos impregnó el franquismo, sabía más doscientos teléfonos y direcciones de memoria, sospechaba de los tipos o tipas colocados dos días en el mismo lugar y en pose de tomar el vermú, no franqueaba la puerta de sus pensamientos a nadie y participaba en trifulcas futboleras de barra de bar, esto le servía para conectar con confidentes, sabuesos, hueleculos de comisaría.

Los reconocía, les engañaba bastante y los llegaba a emborrachar sabiendo de sus contactos e influencias, algo que cuando el confidente está borracho suele ser un orgullo que lleva escondido. Tiene una necesidad de contar que él tiene algo más, un contacto más, un poder más; algo que le haga “superior” a su interlocutor, una manía machista más que se resume, como siempre, en su afán por tener algo más largo, aunque sea el pene simbólico del poder. Individuos vacuos, vacíos y vendidos, extras del mundo basura y perfectamente figurantes de fondo en la taberna sórdida de “Crimen y castigo”. El siempre afirmaba que “había que comprenderlos”, la vida les había llevado al pudridero pero precisamente por su culpabilidad podían serte útiles alguna vez y siempre acababa con el ejemplo del soldado, eterno en tantas guerras, que va a rematar a los fusilados y descubre que uno esta vivo, lo mira a los ojos y obvia darle el gatillazo.

A veces me pregunto ¿Cómo debe de ser esa mirada?, es una apuesta a la muerte, un farol al crimen ordenado de la estulticia militar, o puede ser eso que refería Truño: “Ya tienen bastante, se sienten peor y si tú les pillas en esa milésima necesitan limpiarse haciendo algo contrario que creen que les redime, han matado a cien, pero “perdonaron” a uno”. Y luego te lo ilustraba con citas de Erns Junguer o el mismo libro de Javier Cercas o las miserias de la Primera Gran guerra mundial. Pero él no lo contaba desde lo teórico, te lo aliñaba con breves referencias a sus torturas en la comisaría de Barcelona a manos de los hermanos Creix, jefes de polícia en los sesenta y setenta, la cita de cuyo nombre provoca siempre una mueca de dolor en quien conozca la época. En esas me hallaba, dándo cuenta del final del vino, cuando el ruido de su BMW tronó en la calle. Me puse en pie nervioso . . . (continuará)

Este huevo fue puesto el día 29 de Noviembre, 2009 a eso de las 12:11 am y está catalogado como La vida misma . Puedes seguir las respuestas a esta entrada, mediante el feed: RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o un trackback desde tu web.

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