PALQ (15): El Rana, los bangladesíes y el pasma.
Una mañana miré al calendario y reparé en que caía diciembre, se acababa el año, era como si la Navidad pasara ante mi sin darme cuenta. Pero por mucho que me ocupara mis salidas a la calle, al balcón, al alfeízar de mi ventana tenían siempre un destino final: controlar la acera de La Pineda, del bar.
Daba igual la hora, era él, el Rana no fallaba nunca, acera arriba, acera abajo. Leyendo el periódico, sobando a las tías con la mirada de lengua colgante y el rictus a estribor, de cara torcida. En realidad era lo de siempre. Pero no. A distintas horas apliqué los consejos de Truñó y saqué algo.

Era una motito pequeña, roja y ruidosa, un scooter de esos aliñados con la decoración de la moto de Rossi, de campeón del mundo, pero, en un scooter. Todo un contrasentido que si yo fuera Rossi prohibiría bajo contrato. Pero lo que llamaba la atención era el conductor, por la sencilla razón de que jamás era el mismo. Sólo había un denominador común en el físico. Todos los pilotos del artefacto eran de aspecto hindú, o eso pensé, solo que dos veces descubrí que el scooter de marras estaba aparacdo frente a Red Lion. Nombre de pub británico pero que lucía en una tienda que llevaba unos ocho años abierta en el barrio. Su dueño, Kizar, era un bangladesí que empezó el solo y fue colocando a los parientes en locales aledaños. Vendía de todo y estaba abierta entre 16 y 18 horas al día. Kizar era bajito, moreno aceitunado y siempre iba vestido de forma esport pero con aditamentos de oro, anillos y colgantes, que te hacían pensar en un príncipe venido a menos.
Pero la pista era curiosa, de la tienda de Kizar al bar donde aguardaba el Rana había una manzana. Durante tres días, a las once, puntualmente, vi como el muchacho llegaba, le entregaba un periódico y charlaban brevemente. Luego, cuando el motorista desaparecía el Rana, sin remilgos, extraía un sobre de papel de embalar marrón, era un paquete asegurado con cinta americana, que depositaba en lado izquierdo de su abrigo. Al margen de este signo nada más daba indicios de nada más, mejor dicho: la conexión Rana-Kizar era un signo de que los bangaldeshíes tenían algo en común con el Rana, había negocio de algún tipo, trato o trueque. Necesitaba a Sierra y decidí escribirle un mail algo confuso, pero que en nuestro código común suponía un 3, lo que determinamos como nivel de información de bajo interés. Un trajeado con movil pasaba cada día y solo hablaba con él uno o dos minutos, ese era un nuevo personaje; olía a pasma de lejos.
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