23F, el Golem del fascismo habita entre nosotros.

El 23 de febrero de 1981 un golpe de estado fracasado, a cargo del coronel Antonio Tejero y con la connivencia de los generales Torres Rojas y Milans del Bosch, además de la otros militares, y elementos del regimén franquista fue abortado. Duro fue vivir aquellos momentos para todos quienes habían pasado la guerra civil. Fue como si el Golem del fascismo, el monstruo amasado con sangre de rojos y campos de batalla hubiera vuelto a la vida insuflado por quienes siempre se creyeron dueños del solar patrio. El miedo dejó anonadados a los españoles que querían seguir la senda constitucional marcada por el referéndum de 1977. Para quienes no pasamos la guerra y nos habíamos formado a hurtadillas de la represión aquella podía ser una noche de los cuchillos largos. Hacía tiempo que se gestaba un golpe fascista. Era muy extendida esta creencia en los medios sindicales. Sencillamente porque en los sindicatos verticales había, digamos, roce con elementos de Fuerza Nueva, organizaciones fascistas. Uno de ellos me espetó dándome su tarjeta: “Pronto habrá caza, llámame si pasa algo, de verdad”. Ese señor militó diez años en UDC y hoy es destacado miembro de la Plataforma per Catalunya, organización de cuño xenofobo y racista.

Sorprende que después de tantos años y de tanta, ¿tanta?, democracia aún no se hayan esclarecido responsabilidades y se aprovechen estas commemoraciones para exaltar figuras individuales como Adolfo Suárez o el rey. Pero aún despues de estas consideraciones hay otra que surge: el Golem fascista sigue alojado en el seno de nuestra sociedad y no es exclusiva de la extrema derecha. Disfrazados de liberales, conservadores y con la máscarilla de la “izquierda” campean actitudes en la clase política propias de la manipulación, la mentira y el estilo más dictatorial. En el caso de los primeros nada nuevo, en el caso de las mal llamadas izquierdas campean hechos infames notables como el apoyo de muchos a enjuiciar a Garzón o la manera de distraernos del verdadero segundo poder del país: la iglesia católica. Lacios, casquivanos y diletantes los antiguos rojos se desmoronan y empiezan a recoger los bártulos poniendo a salvo sus prebendas. Lo que viene es un tiempo largo de derecha en el poder y como ellos ya “han hecho mucho” se apresuran a blindar sus desapariciones de la escena gubernamental y autonómica. En su viaje hacia ninguna parte se han olvidado de casi todo. Tal vez habrá que recitar al dramaturgo francés Genet que en Mayo del 68, harto el hombre de tanta algarabia de adoquines, espetaba a los estudiantes: “Iros a casa, un día sereís notarios”.

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