El dolor de no ser libre

Uno tiene su logia de pelota a la que se siente relativamente adscrito. Solemos saludarnos cinco minutos antes de que empiece el partido del Barça, siempre, puntualmente; solo con la excepción de los momentos, la mayoría, en que el calor de hogar te hace pegarte a los tuyos y al sofá. En esa logia variada hallamos miembros de distintas congregaciones faunísticas, e incluso masónicas según confiesan ellos mismos. Entornados alrededor de los vasos y emanando ciencia futbolística, perdón no es ciencia, repitiendo los titulares leídos en la semana que nos ha precedido empujamos con fe chamánica a un Barça que no es el del año pasado.

Junto a nuestra mesa se ubica un tipo que inspira parte de las andanzas del Chozas, nuestro folletín por entregas PALQ (Piel de alquitrán), su negocio son clara y directamente las mujeres, claramente se trata de un macarra que tiene su oficina junto a nosotros, de toda la vida. El paso de las décadas ha hecho que sus acompañantes sean cada vez menos rimbombantes, a veces manifiestan dificultades para hablar. No es que vayan colocadas, es que la vida, las circunstancia, las dejaron con tantas anormalidades que el habla es una más. Hoy, a mis contertulios y a mi, nos ha llamado la atención la presencia de una muchacha menuda, rubia y con el pelo cortado en escala. Se sentaba frente a su jefe, el miraba el partido, estaba de espaldas, ella no veia nada. se ha pasado dos horas con la mirada pérdida en el infinito, curioseando a quienes entraban y salían del local, aburrida. El jefe no le ha dirigido ni una sola palabra. A la media parte se ha pedido una caña y una de champiñones. Y así hasta el final del partido. Nos ha impresionado tamaña esclavitud, tan desmesurada exigencia, la de estar allí, sentada, sin más, como un mueble o un jarrón. Tal vez cumpla una orden, un mandato, un contrato. Es carne de trabajo, aunque su puesto está bastantes calles más abajo. Tenía una mirada tristísima y una forzada pose entrenada de no extrañarse ante nada, de callar, de obedecer, de sumisión forzada. Solo las cuencas de sus ojos delataban un entrenamiento muscular agudo. Ha visto y vivido tanto que las órbitas han hollado dos agujeros que entraban en el rostro. Me ha parecido sentir la esclavitud dolorosa y vivida en silencio. Me ha hecho pensar qué a quién quieren liberar los plastilinos de las ONG’s cuando debajo del bar de casa hay una mujer, una muchacha, rota a trozos de latigazos de silencio y dolor.

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