“Señor, no los perdones, sabían y saben lo que hacen”.

La reciente aparición en Alemania de una investigación en marcha sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes jesuítas, en un reconocido centro, pone de nuevo en tela de juicio la “normalidad” que empieza a rodear este tipo de noticias. La publicación de la instrucción de investigaciones desató una oleada de estupefacción en tan germano país. Desde entonces la cifra de personas que ya han puesto denuncias sobrepasa a las 300. Pero la mancha de aceite se extiende a la vecina Austria donde una institución tan prestigiosa como Los Peqeños Cantores de Viena empieza a acumular denuncias de maltratos y abusos sexuales en los 80. En la propia Alemania otro coro religioso, dirigido durante años por el hermano del Papa, se ha sumado al reguero de denuncias. No se preocupen ustedes, no se pongan sensibles, no va a pasar nada.

Abusos sexuales hay en todos los órdenes de la sociedad y no iban a ser menos las instituciones católicas. Solo que estas tienen una ventaja considerable: el autor individual esta parapetado por la maquinaria de poder de la institución y además su propia fe le exime de sentirse mal. Debe de ser durísimo llegar a tu templo, en tu ciudad, hincarte de rodillas, abatir la cabeza y musitar un perdón que tienes concedido antes de mojarte la mano para persignarte.

Es la ventaja de ser cristiano, el perdón es del que manda más sobre tu vida: Dios. Y éste, el tipo de la cruz, no se va a echar atrás de lo que lleva siglos diciendo. Saldrás a la calle sintiéndote nuevo, reconciliado con tu comunidad y siendo un ejemplo carnal y carnoso de arrepentido, la gloria se abre ante ti.

Mientras transitan por la vida personas sin esperanza vital, sin sentido del placer, que viven el amor con dudas y que se horrorizan ante la proximidad de otra persona, suelen dormir poco, llevan décadas así y su vida es un tormento terrible en la mayoría de los casos, pero son las víctimas de los “perdonados”. Gentes que sienten que la vida ha sido mucho más dura para ellos, claro que han ido saliendo adelante, pero de qué manera, de qué forma, pendientes de una tortura que les hizo la inocencia en mil pedazos y les rompió la relación con los otros a muchos niveles, a menudo inestables, agresivos o simplemente silenciosos y balanceantes, como atendiendo a que no puedes dormir porque alguien te va a atacar.

A todo eso queremos reflexionar sobre porqué en España no se ha abierto ninguna investigación colectiva solvente y tan solo se han condenado siete casos aislados en el siglo XX. Mal momento, sin duda, a las puertas de cortarle el cuello a Garzón, rehabilitar el franquismo y poner alfombra roja incluso a los de Gà¼rtel para que actúen en su contra. Quién va a ser el juez que acepte a trámite una denuncia colectiva ? La respuesta es obvia, nadie, más bien quien presente algo puede ser querellado por la voz Rouca de la Conferencia Episcopal. Toca que somos un país fantástico, de una transición ejemplar y de una democracia de primera. Por donde pisemos hay fango de corrupción que nos llena la moral, política y privada, de mierda, pero “eso pasa en todas partes”. Habrá que inventar un nombre ibérico para la Tangentopoli española. Solo nos queda mirar al cielo y pedirle al Dios de los cristianos que atienda el ruego de este agnóstico: “Señor, no los perdones, sabían y saben lo que hacen”.

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