PALQ (16): Chozas pasa cuentas.

La respuesta de Truñó a mi mensaje fue concluyente: Sin alarmas en el almacén, pero es necesario que reviseís las salidas, puede haber saturaciones”.
Podía leer entre líneas los códigos de Truñó. Había que seguir cotejando datos visuales, pero la presencia de la palabra salidas era siempre la advertencia de un peligro posible y fundado, las saturaciones” eran otro indicador del grado de riesgos. En los días siguientes comprobé que las ceremonias entre el Rana y el bangladeshí de la motito tenían un ritmos de tres veces por semana. Llegué a pensar que el Rana se estaba metiendo en una red de venta para cazar datos de los jefes posibles. Para él, un adiestrado tapado de la Guardia Civil, eso era coser y cantar.

El sábado había partido y reapareció el Chozas, toda la clientela le saludó, le aupó, era un ídolo local. Seguía con su aspecto precario, vestido con una americana de pana raída, unos tejanos medio rotos, aún más delgado, había momentos en que hacía sus predicciones sobre lo que fuera y le preguntaran. Pero en algunos momentos advertí su mirada seria hacia mí, como de complicidad, pero en cierto tono de advertencia. Ese día el bar se vació después del partido y yo no me atrevía a moverme. Lo esperaba, lo sabía tal vez o lo deseaba, no sé, se acercó a mi mesa:

-Hola Yemas, te veo serio, demasiado, no estés preocupado, la vida sigue.

Daba grima su seguridad y su sonrisa no me inspiraba mucho de bueno, fue al asunto:

-Rana y yo te queríamos pedir un favor, una ayudita.- Intenté terciar aduciendo que hacía un tiempo que tenía problemas en el trabajo, la salud de mis viejos, pero fue demasiado concreto.

-Te lo he pedido, pero sabes que te lo podemos exigir si queremos. Es algo fácil. Necesitamos que compres en la tienda de los banglas, esa de la esquina, la que tragina latas todo el día. Tenemos bastante con que vayas tres veces a la semana, pero siempre a eso de las siete, hay mucho trajín de carretillas y furgonetas. Cada mes quedamos en el mesón del Toro, comemos y hablamos aunque ahora necesitaríamos, durante una semana que fueras allí cada día.


-¿A esa hora ?- Sonrió más y lanzó una bocanada de su apestoso habano.
-Eso me gusta Yemas, no te lo piensas y vas al lío, ahí entrando en el área y chutando a puerta.- Levantó el brazo llamando al camarero:

-Nene, dos orujos.
-¿Pero que se me ha perdido a mi allí?
-Tú has de mirar si las latas que entran vuelven a salir, fíjate en los packs, en las cajas, intenta ver si las que salen se parecen a las que han entrado. Una tienda así no vende tanta lata de refresco.
-Puede ser un depósito o almacén pequeño de mayoristas, puede ser . . .
-No hagas de Colombo Yemas, sé buen chaval y mira y luego cuenta, ya sacaremos nosotros las conclusiones.
-Ala chaval, ya me voy y recuerda nuestra sociedad, podemos hacer grandes cosas juntos, nos debemos favores. Y los amigos están para ayudarse.

Se puso de pie y me apretó el brazo con fuerza, seguía sonriendo, se dio media vuelta, echó cuatro euros en la mesa y se perdió en la noche. Sentí que todo me pasaba factura. (Continuará)

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