PALQ (17): Casi en la mierda . . .

Estoy frente al mar en un pequeño hotelito de Garraf. Suelo retirarme en ese lugar sencillo y a dos pasos de Barcelona. Me enamora esa playa tan pequeña y ese aislamiento de un pueblo pequeñísimo situado entre los despeñaderos del macizo del Garraf. Es un punto de recuerdos hermosos. De encuentro con amigos. Mis mejores noches con la mulata Isabela fueron aquí, justo después de separarme de Cristina. No me hacía falta la báscula, Isabela acababa con todos mis prótidos y succionaba hasta el último lípido.


Todo iba viento en popa entre ella y yo. La conocí un día de Sant Jordi en las Ramblas, me pidió fuego, pero su mirada decía más cosas. No sé que le enamoró de mi. Lo cierto es que su chasis era de fórmula 1 y yo siempre he competido en categorías más modestas. Le debía recordar a su abuelo, un mulato de pelo también blanco, no sé. Isabela me montó un cirio por llegar tarde, me empezó a pedir que le comprara oro, que cambiara el coche. Dejo de ser aquella muchacha que vino de espía con el ballet de Alicia Alonso en los ochenta. De repente sintió la llamada del shopping y decidió borrar su pasado con cosas materiales. Yo no estuve por esa labor, ni la entendía, ni me parecía ser lo mío. Un ligero SMS: Tú te lo pierdes pimentón, chao y no me llames más” fue la forma de abocarme a la flojera mental. Un día traté de ir a su casa y fue en la puerta cuando lo entendí todo: un BMW blanco, un calvo barrigudo con un Rolex . . . me fuí calle abajo convencido de que ella era imbécil.


Y ahora no entiendo porque les recuerdo esto, vine aquí porque la demanda de Chozas y sus socios me tiene atenazado, maniatado y pienso que he llegado al fin de mis límites. La noche ha sido mi tortura. En el centro de la cama, con las luces apagadas, esforzándome en relajarme algo me he dado cuenta de que estaba hecho una especie de plástico rígido, nada de músculos, no los notaba. Ni siquiera la lectura que me traje me ayudó a conciliar el sueño. Y pienso en irme, desaparecer, ya no se donde estoy, me aprietan las sienes, hasta mi forma de andar es algo forzada. A medianoche vomité la cena que me había empapuzado. Esto me produjo una íntima alegria pues creí que era el prólogo de un buen sueño. La taza se abría ante mi y yo me sentía en una cloaca, casi fundido con la mierda que estaba echando. Pensé que mi vida era miserable de veras desde el día en que decidí llevarme por mi voluntarismo cristiano y estúpido que no me había creado más que problemas. Decido llevar una cierta vida de barrio y me encuentro pillado entre mi pasado político y un enredo que no fue lo que parecía. (Continuará)

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