Mis sobrinillos: luz de mi crisis, oasís para mi mente.

A veces el entorno no te deja ver el paisaje, me explico: hace unos años que mi amigos se han empeñado en facilitarme trabajo para mi posible jubilación llenando sus casas de un goteo imparable de hijos. Mariona, Tona, Tere y sus amigos respectivos de generación y edad han decidido llenar sus casas de alegrias, lloros, sonidos, baños; toda esa rica ceremonia vital que propicia la llegada de infantes. Ese hecho desencadena un feliz terremoto familiar que suele continuar con una crecida del río de afectos y sensaciones. Los chicos crecen, maduran y hacen que a sus padres les aparezcan nuevas zonas cerebrales de meditación: dinero, colegios, amistades, compañías, diversiones. La llegada de los hijos suele sumergirte en un mar de sociabilidad: parques, tiendas, compras, vecinos, discretos pederastas disfrazados de abuelo con muchos nietos y hace que los padres lleguen a plantearse vivir en un desierto ya que la avalancha social suele esperarte a la puerta de casa para darte el latazo en forma de caramelito, comentario no siempre agradable. Podríamos ampliarlo a la propia familia, pero mejor dejarla donde está.

Antes de esta crisis vivía un poco más feliz que ahora pensando que el último acto solidario y social de mis pocos y queridos amigos era añadir clientes a las escuelas y hacerlos crecer como futuros emanadores de IRPF’S, fondos de la Seguridad Social y en definitiva generosos aportadores al pote común que permitiría que yo me jubilara yendo a Benidorm a bailar apurando lo que quede de paquete con cualquier viuda navarra, vasca o de las Baleares (lo digo por lo de la renda per capita). Pero en eso llegó la crisis y está claro que me quedan más años de trabajar de los que pensaba y que mi sueño de contarles batallitas a mis sobrinillos y ahijados lo podré cumplir pero en crisis claro. Yo soñaba con Pau o Lucas que llegaban en descapotable a mi asilo galáctico en Lanzarote o La Graciosa y me llevaban a comer un sancocho y me invitaban a un cigarro prohibido por el internista. Claro que faltará gente para rellenar el pote de la Seguridad Social, pero por lo menos desde que nacieron, me ocupan unos instantes en la mente que siempre se me traducen en una sonrisa y eso pone piel de gallina al alma. Por cierto hoy es el santo de Ion, el más pequeño, nació en febrero y aunque a sus padres les importe un comino: felicidades saquito guapo relleno de besos! El tío Bekaa te manda un beso.

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