Cuando la vida se juega con los dados de la idiotez.
El desprecio a la vida, el poco apego al cuidado vital y la necesidad de ponerla en riesgo, han sido siempre los extremos de una interrogante continua realizada por sociólogos, psiquiatras e investigadores del comportamiento humano. Un exceso de imprudencia o de falsa audacia desarrollando actividades en las cuales el filo entre la vida y la muerte sea un desafío han sido siempre una actitud estereotipada propia de individuos que buscan un fin a los límites. Sea por un rechazo vital a la autoridad paterna o materna, sea por la necesidad de poner fin, supuestamente heroico, a una existencia desdichada o bien por jugar al póker con la parca y probar fortuna. Mucho se podría hablar de la psicología de los cazadores de récords de lo que sea, en cuyo empeño la vida pende de un hilo, sin duda detrás hay siempre una patología a la que la vida le duele y se vive como algo disociado del propio cuerpo. Profundizar en ello sería cosa de nuestro apreciado señor Punset.

Durante el mes de agosto se nos ha puesto en evidencia que actividades como el Campeonato Mundial de Sauna, en cuya final uno de los participantes murió achicharrado a ciento diez grados, sufriendo quemaduras y el otro finalista, el vencedor, hubo de ser ingresado colapsado por la sauna y el impacto de ver morir a su contrincante nos ilustran de lo poco que la vida vale para muchos idiotas. Un triste final para una competición cuyo premio era una semana en Marrakech, tal vez durmiendo al raso.
Y por si fuera poco los hoteleros españoles, en especial los de las Baleares nos despiertan anunciando en crecimiento del Balconing, un estúpido pseudodeporte que consiste en lanzarse atorrijados de copas desde tu apartamento a la piscina del hotel. Hay otra variedad que consiste, igualmente atorrijados, en pasar al balcón o ventana de al lado por la fachada del establecimiento. Ya se contabilizan ocho muertos y algo más de 200 heridos. por ello han debido de colocar mamparas, separar a los grupos homogéneos y advertir de la prohibición de tales prácticas.
Hace escasamente un mes quien esto escribe estaba solo en la estación de España del metro barcelonés cuando al arrancar el convoy que se me acababa de escapar un tipo que rondaba la treintena se lanzó al andén desde el último vagón, sonriente y satisfecho al ver mi estupefacción se sentó y tomo, esta vez como pasajero el siguiente metro, cual fue mi sorpresa la ver que, cuando el convoy llego a la siguiente estación, se apeó, se dirigió a la parte trasera del tren esperando que le pasara por delante el último vagón. Sin duda el número de gente que desprecia el más elemental sentido de preservación de la vida ha aumentado considerablemente y uno no puede menos que preguntarse ¿Qué les habrá hecho la vida para que la traten así?, como si fuera algo que no va con ellos o como si respirar y despertarse cada día fuera una afrenta que solo se puede superar echando los dados del riesgo a la mesa de lo cotidiano, aún sabiendo que la muerte siempre tiene una guadaña en la manga.
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