Si ves una caja de cerillas vacía, acércatela y escucha . . .
Nuestro paseo coruñés, en esa hora es algo acelerado, hay hambre, vamos hacia la zona antigua, buscamos el reloj de la plazuela que nos sirve de referencia. Antes un inciso: Hace unos veintitrés años, una Navidad, provinientes de Vigo y al amparo del frío nos refugiamos en un antiguo café cercano. Paleolítico y de sillas tapizadas de terciopelo rojo, espejos grandes y pequeñas glorietas enmaderadas que le daban una cierta intimidad. La media de edad era Paleozoica y la mayoría de las mesas tenían a sus tertulianos concentrados ante inmensos tableros de ajedrez de piezas muy grandes. Una estampa, dijimos, propia del café donde Camilo José Cela situaba a los tertulianos de La Colmena, esa gran novela del Madrid de posguerra. Súbitamente una inmensa figura blanquecina se plantó ante el rabillo del ojo y prorrumpió, con vozarrón, un Buenas tardes: ¿Qué va a ser?â€. Al girar cabeza descubrimos a un émulo del mismísimo Camilo José Cela: un camarero de manos enormes, facciones celianas: frente lisa y ancha, pelo que arrancaba al terminar la frente en espesa mata blanquecina, patillas alargadas y los preceptivos, para ser celianos, arbustos capilares procedentes del interior del oído. . . Son cosas que tiene A Coruña.
Vayamos a la sorpresa, encontramos la Real Fábrica de Tabacos, entre un conglomerado de viviendas nuevas, edificio ya vetusto, abandonado y con pinta de ser causa de licitación entre municipio, ladrilleros e instituciones estatales. Un aburrido guardia de seguridad escrutó nuestra curiosidad y pareció mosquearse un pelo cuando plantamos la cámara y nos dispusimos a inmortalizarlo. Imaginamos, fabulamos y fuimos felices por estar delante del lugar que Manuel Rivas cita en Los libros arden malâ€.
En uno de sus capítulos cuenta las alegrías y las tristezas de las cerilleras de la real Fábrica. Se contaba entre los soldados que en cuanto acabaras la caja la abrieras cuidadosamente y acercándotela a la oreja habría veces en que escucharías sus historias, sus canciones, sus sonrisas y sería como un diluvio reparador que te daría vida. También te advertían que había días, en los que las cerilleras trabajaban en silencio porque había más penuria de la normal, o porque las noticias del día eran demasiado tristes. Esos eran los días en que las cajitas de cerillas producidas no emitían ningún rumor, ninguna cancioncilla alegre y dulce, ninguna historia, nada que rascar. Y recordamos ese momento con algo de piel de cerilla y no pudimos evitar acercarnos a sus ventanas a ver si, por casualidad, hallábamos alguna cajita. Desde entonces suelo llevarme a la oreja cualquier caja de cerillas que me cae a mano, ya tan escasas, practíquenlo, si las conchas nos traen la mar no hay porque desmentir a Rivas y tal vez hallemos una cajilla de cerillas que nos cuente otra historia.
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