«No dejes de darle la mano al Señor de Andeyro»

Para los amantes de la historia y de la literatura gallega citamos hoy un texto entrañable de César Antonio Molina, poeta y exministro de Cultura. En él narra extensamente su relación con Alvaro Cunqueiro cuando, apenas un muchacho, iba a la estación a buscarlo para acompañarle en alguna conferencia. Simplemente la narración del paseo que Cunqueiro le daba por A Coruña y los recuerdos de éste, desgranados hábilmente, dan una dimensión alucinante del escritor de Mondoñedo, que saben ustedes es aquí objeto de culto, más bien debemos reconocer que de idolatría. Al margen de forofismos privados el paseo es cultamente y humanamente deleitante, el final es algo triste pero entrañable, muy entrañable. Lo hemos extraído de la web del diario ABC y tiene ya unos años, aunque eso es lo de menos. Lean a César Antonio Molina, vale esos minutos.

“A Cunqueiro le deslumbraba la luz que se reflejaba en las aguas de aquellos espigones y decía que le recordaban a los pintados por Claudio de Lorena. También quería aquella luz tan característica que reverberaba contra las cristaleras de las galerías. Se detenía, apoyaba su pie derecho en los norays de hierro amarrados y susurraba como ausente: «Esta luz todavía no ha sido captada en ningún cuadro. Es la luz de las ciudades sumergidas». Cunqueiro no hablaba mucho, y cuando lo hacía con su voz profunda y remota de pozo desecado, nunca te miraba directamente a la cara.”

“… La ciudad vieja la atravesábamos siempre en dos direcciones. Al ir hacía la Puerta de Aires subíamos por la iglesia de Santiago para comprobar si todavía las estatuas románicas de San Juan y San Marcos sostenían sobre sus cabezas aquellos libros que lo soportaban todo frente al pazo de Doña Emilia Pardo Bazán. Luego nos adentrábamos por entre las sombras cerradas de la Plaza de Azcárraga con su fuente de los deseos manando lágrimas insignificantes. Bordeando el costado del antiguo Palacio del ilustrado Cornide, llegábamos al piso de mi tío. Después de unas pequeñas abluciones y apenas un ligero descanso, salíamos con tiempo suficiente para realizar ese segundo recorrido antes de su conferencia.


Esta segunda peregrinación se iniciaba en la Colegiata de Santa María del Campo, donde Cunqueiro se quedaba extasiado por la Epifanía esculpida en el tímpano románico de la puerta principal frente al crucero de la plaza. Le fascinaba esa insólita escena oriental de los Reyes Magos con sus presentes, junto a un gran castillo muy semejante a una torre de Babel. Imagen que debió ser la primera que vio Ramón Menéndez Pidal, que nació justo en una casa de al lado. Empujando el portalón de madera del templo, Cunqueiro lo atravesaba diciendo: «Ahora honraremos a los señores del tiempo pasado».

Había muchas tumbas, pero él siempre iba hacia una que se encontraba a la derecha del magnífico altar mayor de plata costeado por los mareantes. Ponía su mano diestra abierta de par en par sobre la fría piedra y no la retiraba hasta que terminaba de recitar algo parecido a esto: «¿Qué levas peleriño da Palmeiría? / Levo froles d’amigo para Santa María». Muchas veces lo vi hacer esta misma operación sin reparar en quién podía ser el propietario de aquel asentamiento. Me resultaba todo tan misterioso, que me negaba a romper aquel hechizo. Y no sólo no se rompió, sino que se acrecentó cuando, tiempo después, descubrí que aquella mano se posaba sobre los restos del Señor de Andeyro, cuyo corazón, según la leyenda, había sido trepanado por cuchillos emboscados al ser descubierto en el lecho de la reina viuda portuguesa, Doña Leonor. Cunqueiro en algunos textos se imagina a este noble gallego al servicio de Portugal, en el siglo XIV, como peregrino palmero, es decir, de los que habían viajado a Jerusalén y traído para la iglesia de Santa María del Campo una jarra de azucenas con sus armas, de ahí aquellos versos. En la plazuela de las Bárbaras se detenía en la lápida de la entrada al convento, a ver cómo San Miguel con el dragón pesaba un alma ante la mirada protectora de Santiago a sus peregrinos. Lo hacía atravesar de puntillas mi colegio de los Dominicos y nos ocultábamos en el soportal del Jardín de San Carlos, antes de subir a la Casa de la Cultura, de la cual era bibliotecario Garcés, para dar allí su conferencia. Se adelantaba por este patio sobre el mar, y se detenía ante la aérea y romántica tumba de Sir John Moore, que lo emocionaba más por haber sido el amante de Lady Stanhope, que por su gloriosa hazaña de perdedor. Aquella dama que para olvidar su dolor se perdió en àfrica comprando sueños de amor con el difunto y joven general. En las conferencias de Cunqueiro oí hablar por vez primera de Novalis y sus amores incestuosos, de Heine, Keats, Shelley, Hölderlin, Kleist, Dante, Eliot, Valéry, Vicente Risco, Valle-Inclán o Manuel Antonio; así como de Bizancio, Roma, Jerusalén, de los caballeros de la tabla redonda, de Merlín y de Hamlet. No sabía nada, y muchos años tuvieron que pasar para que algo percibiese, pero no sería el mismo sin aquellas tardes de lazarillo…..”

“…Estos paseos se interrumpieron definitivamente en la década siguiente, cuando partí a estudiar Derecho a Santiago. Viajé a verlo numerosas veces a Vigo, a su piso de la calle Marqués de Valladares y coincidimos en los agitados años estudiantiles de finales del franquismo, aunque algo menos ya en La Coruña. Cuando estaba gravemente enfermo acudí en su última Navidad a visitarle a Vigo. Poco después lo veía por última vez en Madrid, en el hospital, donde las diálisis le eran cada vez más penosas. Charlamos muchísimo, aunque jamás recordamos aquellos tiempos, y sin embargo, al despedirme, cuando ya abría la puerta, me dijo con su sonrisa socarrona: «No dejes de darle la mano al Señor de Andeyro».”

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