Tal vez ni Dios lo pueda arreglar.

Están ahí, donde pudieron llegar, de rodillas, a los pies de sus afueras. El fuego ya ha acabado con todo, no hay aldea, no hay casas, los recuerdos, la alacena, el columpio, los enseres, aquella joya … todo ha quedado destruido por el fuego, 63 casas y 74 famílias sin nada. El dolor en la aldea de Youcha les impide levantar la mirada y cuando reunen fuerzas para ello no reconocen nada, no se reconocen ni ellos mismos, están en otro lugar que aquel donde crecieron y vieron morir a los suyos. Queda la plegaria, el murmullo del acompañamiento, oír los susurros dolorosos de tus convecinas para saber que aún, todavía, no te has muerto aunque a su mundo se lo ha tragado el fuego.

Los incendios de agosto en Rusia, superando el millón de hectáreas, han sido un nuevo latigazo caído sobre el pueblo ruso. Caída la dictadura soviética ha llegado la de la corrupción, la clase media emergente, los magnates, las mafias y las vendetas (nos suena no tan lejano, ¿verdad?). Hemos dejado de oir hablar de los cientos de Ha que levantaron partículas radioactivas de la zona de Chernobyl, sangrante manipulación. El país está que se cae de accidentes mineros, aéreos, desastres contaminantes y lo único que se le ocurre a Putin es seguir mercadeando con el gas y azuzar conflictos en las ex-repúblicas para que el ejército esté ocupado. un paisaje del que hablaremos este invierno.

Ahora ya nadie comenta nada, lo único que interesa es tapar el desprestigio gestor de un país que solo disponía de 31 aviones y 16.000 semiprofesionales, algo inaudito si atendemos a su tremenda extensión. La industria de la extinción verá aumentados sus beneficios. ¿Pero esas mujeres que rezan junto a su sacerdote ortodoxo?, ¿Qué será de ellas?. Ya sabemos la respuesta.

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