Zine El Abidine Ben Ali, la calle lo ha echado.

Túnez se ha despertado sin el dictador Zine El Abidine Ben Ali, las revueltas populares de los últimos días son un aviso a navegantes occidentales en aguas norteafricanas. No es mejor la situación en distintas zonas del continente. Hace falta ver la evolución posterior de los hechos, pero sin duda la calle se ha sacado un peso de encima. ¿Se imaginan ustedes a Franco saliendo en avión hacia Lienchenstein? Pues algo así es lo que ha ocurrido. Pero claro, allí también quedan partidarios de Ben Alí parapetados tras el ejército y la policia. En las últimas horas han sido detenidos grupos de civiles extranjeros armados: suecos, alemanes, ingleses; no son turistas de izquierdas, son mercenarios contratados por alguien para sembrar el caos. Un caos que podría llevar a la intervención salvadora de cualquier militar bien situado.

benalijoete
benalijoete

La situación tunecina despierta ampollas en los países de la zona, Ghadaffi pone sus barbas a remojar y lamenta lo ocurrido. En Yemén, en Sudán, en Jordania . . . alerta, la cosa está movida. Hay una mescolanza de necesidades sociales, derechos inexistentes y hambre en definitiva que pueden ser el percutor de nuevos estallidos. Interesantes las declaraciones de Siria e Irán: “Aquellos quienes hacen que su país esté a sueldo de occidente ya ven como se les paga, que tomen nota”. La crisis tunecina parece lejos de detenerse y todavía no hay un dibujo claro de las fuerzas en litigio. En este mundo tan global hay otra burbuja que acaba de estallar: la calle puede derrocar a un régimen férreo y asentado. Este concepto, casi bolchevista, se cumple a las claras. Por ello las escenas de alegría y satisfacción de los tunecinos viendo como el dictador huye por la puerta de atrás son comprensibles y dan pie a viejas palabras de Marx: “Cuando los esclavos se lanzan a la calle ya no les queda nada por perder salvo sus cadenas”.

Desde mi más profunda antiguedad y desde la simpatía que profeso por ese país de gente amable y nada plasta, que visité en el año 2000, les confieso que me gustaría volver a tomarme un té en la medina de Sousse, acariciar los miles de mosaicos romanos de sus museos al aire libre o ver amanecer en el anfiteatro romano del Djem, impresionante coliseo, en pleno desierto del Sáhara. Mañana pasarán otras cosas, evolucionarán nuevos monstruos o renovadas esperanzas, hoy me embarga la alegria de saber que la calle sirve para algo. Y mientras contemplo el paisaje de lo que llaman la izquierda española, los sindicatos y los demócratas que no se movilizan nunca, a nos ser por sus oposiciones o carguillos, me deleito con un té occidental y cargo la pistola de mis sensaciones por si se les ocurre llamarnos a la toma del palacio de invierno. En el estante duerme el viejo Carlos junto a Andreu Nin y León Davidovich Bronstein, va por ustedes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *