Dosinda: un beso. La ficción y la vida.

Hace ya más de seis años escribí en la serie Finderina el adiós en la ficción de un personaje construido con retales de mi vida. Dosinda, la vecina de mi madre de toda la vida, la que me acogía cuando mi padre peregrinaba por hospitales, la madre de mi mejor amigo de juegos de la infancia, la de tantas tardes de meriendas, juegos, cuentos y televisión, murió a los 86 años. Hacía algunos años que ya no estaba bien y dejó de sufrir. En homenaje a ella fabulé un personaje clave en la vida de Finderina, aquel que le mostraba una caracola desenterrada de la marea y seriamente le decía: “Lo ves Findiña, cuando una caracola está rota y se ve el centro, la columna, significa que un secreto te será revelado, estáte atenta…”. Ella fue una mujer enérgica pero amable, concreta y luchadora para llevar adelante a sus hijos luchó lo indecible. Ahora María José y Miguelín, junto conmigo, lloramos riendo recordando aquellas tardes. Ella siempre fue la presidenta de mi discreto club de fans. Y eso, la despedí el otro día, la vi serena, en paz, con su pelo blanco y negro de toda la vida y un rictus paciente, porque hacía unos meses que había decidido acabar con lo terreno. Un beso Dosinda y sepas que en mi casa, en mis maletas de fotografía, en mis mochilas siempre, suele haber una caracola que ha perdido la cubierta y pocas veces me resisto cuando la veo a apretarla entre mis manos acordándome de ti y de Finderina.

Dosinda había sido su segunda madre, la madre de muchos veranos, aquellos en que corrían entre maíces, apedreaban a las vacas o se sentaban en el porche de San Xian de Moraime. Allí aprendió a ver la lluvia, entonces la tía sacaba una merienda suculenta y les contaba leyendas, cuentos oSiempre volvían a jugar entre los helechos de Moraime y siempre les parecía encontrar huellas de los caballos de los reyes suevos, aquellos que desde el siglo XII se coronaban en San Xian y que llegaban en cortejo desde remotos lugares de Galicia.

A veces, jugando al escondite su primo Xurxo salía corriendo como alma que lleva el diablo, pues aseguraba haber visto algún jinete del séquito real y la leyenda contaba que se llevaban a los niños rubios para convertirlos en esclavos.En todo eso pensaba mientras velaba a Dosinda en su casa amplia y casi hidalga, llena de gente que dialogaban en ese tono tan propio de lo velatorios, a medio camino entre el respeto, la devoción de algunos y el empuje vital de recordar anécdotas divertidas de la finada.

Pasó la madrugada y con el alba la separación física era inminente.Y ahora Finderina seguía la lenta comitiva que acompañaba a Dosinda hacia su reposo merecido después de tanta galerna. Había amanecido nublado sobre el pequeño cementerio.Bajo los castaños, que tantos de sus cuentos habían atendido, discurría la extensa comitiva, entonando cantos, musitando rezos parecía dar calor a Finderina y la empujaba a bajar la cuesta, con el fondo de la bahía, con las piedras severas del camino.

Era una señal, una metáfora de emprender el regreso. Y lo hizo. Lo hizo recogiendo la casa, ayudada por Seiruga y algunos parientes lejanos, ordenando a la guardesa cuando debía podarse el jardín, como debía mantener la limpeza de la enorme biblioteca, cerrar los archivos cuando ventilara el estudio. Cosas obvias, formalidades que la mujer conocía con exactitud, pero que Finderina las repetía para recordárselas a ella misma, como procurando que su voz retumbara en la estancia. Como para pensar que las ánimas, que pululan en la Costa da Morte por las lareiras, llevaran el dictado al castaño bajo él que Dosinda dormía sin límite a sabiendas de que su Findiña, como la llamaba, se hacia cargo de las cosas.

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