Una cala en Begur y un verano que invade.

Es toda una invitación, la canícula ya invade, el calor agobia como en cualquier cambio de solisticio súbito. Con el verano llegan las tardes presuntament plácidas y el ruido de las cigarras que están en temporada alta. El horizonte es un peaje de autopista privatizada, la horchata sabe a pasta de Gürtel y no de chufa, el chiringuito es sinónimo de tantas cosas. Pero este país es ya un paseo marítimo que da la vuelta a la parte española de la piel de toro, se regodea en el ladrillo, el apartamento, el chalé y las excursiones de jubilados. Mi calle se llena de gentes de otros paises, guiris, que engullen paellas de starlux y edulcorantes autorizados, mi ciudad: Barcelona, es un parque temático de sangrías y autobuses por los que asoman las sony, las samsung y las iphone. Esto es una feria de vanidades corporales, las charcuterías escondidas en el zaguán de invierno se muestran al aire sin dísimulo y más veces hay que apartar la vista que no enfocarla. Por eso les dejo ese instante cristalino y bonito de una cala de Begur en la Costa Brava, el colchón plateado se le escapa al niño que pronto lo recuperará mientras yo me atonto, como siempre, con los reflejos. pero no puedo volver la vista atrás y mostrarséla, si lo hiciera verían ustedes a cientos de oficinistas de toda condición sentados en la arena, tumbados cual leones marinos, no hay sitio, no se puede poner ni una toalla, no cabe nadie más. Hay mucho silencio, se supone que es relajo, pero también marcho de allí con la convicción de que, para ellos, todo eso no cuenta, solamente les interesa decir que ellos también estuvieron.

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