Ousferrats
10ago/110

Notas de isla La Alegranza: El faro vacío y la luz de nuestra memoria.

Un nuevo día pusimos proa hacia la Alegranza, el sol se resistía a salir y eran las nueve cuando emprendimos nuboso vuelo entre las olas que el viento nos lanzaba y en volandas de las espumas y la próxima hola. Solo plateaba el cráter del Roque del Este y llegamos al pequeño embarcadero cuyo muro ampara del oleaje. Coincidimos con unos voluntarios de ADENA que ese día se dedicaban a limpiar el litroal. No les remitiremos a la simbología o a las recurrentes imágenes que la literatura ha legado a nuestro imaginario; pero sin duda el faro es, de todas las construcciones públicas, un referente mental de fin a principio. Ya saben ustedes de nuestra pasión a conocer faros y seguimos siendo incondicionales del Faro do Cabo Vilán (Camariñas) en la Costa da Morte gallega y a su mago Alonso que nos dejó hace poco para habitar en nuestra memoria siempre.

Al faro de la Alegranza y a la isla le teníamos el aprecio jurado desde que en la lectura de Ignacio Aldecoa “Parte de una historia” en la que novela ese lugar al que el llamó el paraíso, en alusión a la isla de La Graciosa, narra como acercan provisiones, con las velas y pesqueros de los sesenta al farero de La Alegranza. Cuenta como el Atlántico resoplado ahí de viento norteño manda una ingente cantidad de troncos y maderas provinientes de naufragios o vacíados de carga de mercantes. Eran tantas y tales las maderas que podía escoger: algunas servían para cercados, otras para hacer algún muebles y algunas para sillas de la casa. Habla de la hospitalidad del farero y su mujer, de los juegos de sus hijos y de una jornada de descubrimientos.

La casualidad, o no, de la red ha querido que encontráramos esta trabajada página, sobre temas canarios en la cual se citan opiniones y algún escrito del farero de esos años. Se la recomendamos ya que amplia nuestra información sobre el faro y la vida en el mismo. Yuri Millares escribe:

“El faro de Punta Delgada, llamado también de Alegranza por ubicarse en este islote del archipiélago Chinijo, forma parte de los bienes de interés cultural de Canarias con categoría de monumento. Solitario y deshabitado en una isla deshabitada, tuvo, sin embargo, inquilinos y hasta vecinos según recoge Yuri Millares: “ . . .tiene su fecha de inauguración (esto es, primer encendido) en un lejanísimo verano: el de 1865. Transcurridos 140 años desde entonces, sus paredes han acogido a muchas generaciones de torreros –así se les decía– con sus familias, viviendo largas temporadas en un aislamiento casi absoluto que sólo rompía el barco de los suministros, o algún barquillo de pescadores de La Graciosa. Como vecinos sólo tenían al medianero que, en esos mismos años, criaba cabras o cultivaba cebada para hacer cerveza en Las Palmas. Solitario y deshabitado en la actualidad, el faro sólo sirve de alojamiento eventual a vigilantes de Medio Ambiente que observan y velan por la tranquilidad de las pardelas que nidifican en el islote.”

Volviendo al inicio queríamos transmitirles esa ambivalencia a la que nos sometió ese segundo desembarco. Por un lado la belleza propia del archipiélago Chinijo que aquí, como iremos desgranando en nuevos posts, se nos antoja aún más salvaje y que hostigada por el cambio continuo de nubes nos ofrece una auténtica locura de luces. Por otra parte el abandono y la desolación del faro y sus dependencias que suponemos que competen a Autoridad Portuaria y a Medio Ambiente. Cuesta transitar por su interior donde puebla el abandono y el vertedero de materiales inútiles. Como el faro: luz y sombra, luz y sombra... habitadas por el olvido.

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