La flema británica se convierte en esputo: soluciones conservadoras.
Los disturbios sucedidos en Gran Bretaña en los últimos días vuelven a poner sobre la mesa la Europa semioculta que se esconde detrás de ese bombardeo de noticias sobre los puntos que sube o bajan los índices bursátiles o las calificaciones de la deuda. El sistema social británico, desde la época de Margaret Tatcher, se ha ido degradando a pasos agigantados. Fue la propia Tatcher quien para impulsar la economía, siempre en nombre de lo mismo, hizo creer a un amplio abanico social de clases medias y bajas que abandonaran las residencias de protección oficial y se lanzaran a adquirir su propia casa, en otros barrios, con mayores prestaciones. Esta batería de medidas vino acompañada del mismo fenómeno vivido en España: para hacer crecer el mercado nada más caro, ni de mayores intereses (benefico para los bancos) que ofertar vivienda. De esta mescolanza de medidas, mientras Tatcher hacia esto se liquidaba miles de mineros y se aumentaban el número de prestaciones de desempleo. Han pasado muchos años y ahí está el pastel socio-económico que ha vuelto a estallar.
El cóctel mal llamado “interculturalidad” y ni tan solo la flema social del país han valido para nada. Solo hay una diferencia de estos altercados con los producidos en siglos anteriores: la turba, la rufa, el populacho no quiere pan; esto mínimamente se asegura, la turba quiere aquello que le prometieron y aquello que continuamente los medios se encargan de plantearle: nivel, aparatos, lujillos, vehículos o por lo menos algo que no se sabe que es: un futuro. Han visto como sus padres eran explotados de sol a sol y ahora malviven. Un comentarista londinense aseguraba que el del Reino Unido es el sistema educativo donde antes se le dice a un alumno: “Nunca podrás llegar”. Un cóctel elitista de circunstancias y una perspectiva inexistente, solo les queda la calle o la cola del subsidio para sobrevivir.
Cuando el odio se dispara se asiste a barbaridades como estas. El problema lo van a solucionar pronto los políticos. David Cameron acaba de contratar a un superpolicía que en ocho años puso patas arriba Nueva York. William Bratton tiene récords en su haber: aumentó las detenciones un 30% y los índices de criminalidad cayeron notablemente. Paralelamente las denuncias por abusos policiales aumentaron un 50%. esta es una de las grandes soluciones que propone el conservador Cameron junto a que se retiren las ayudas sociales a quienes delinquieron en la revuelta: más odio. Además se pretende imponer una batería de medios legales que faciliten el encarcelamiento. Tal vez se olvida que la mayoría de los participantes ya no tienen nada más para perder.La flema británica se ha convertido en un esputo lanzado a la calle lleno de odio y violencia. Más de 1.700 detenidos y cinco muertos. Hay numerosos barrios pobres de grandes ciudades que desde hace dos años han sufrido el cierre de centros sociales, el recorte de prestaciones y se apuntan nuevas medidas restrictivas. Queda en evidencia que las soluciones sociales de los conservadores son palo y más palo. Ningún análisis ni propuesta que no sea la represiva.
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