Dosinda nuevamente: la ficción y la vida.

Las cosas que paso a contarles ocurrieron en menos de 24 horas. Ya les hablamos a ustedes de la muerte de nuestra querida Dosinda. Ella hace ya años denunció al bar de debajo de su casa por no tener en condiciones la salida de humos, sin chimenea vamos. Dado que había ocho pisos el coste para el propietario fue elevado, pero la vida de los vecinos mejoró notablemente. Volvían a consumir sardinas, freían gambas sin miedo y sus noches no se veían adornadas del pésimo olor del escabeche requemado. El entonces propietario del bar la maldijo en distintas ocasiones todo y ser un educado tendero catalán leridano de CiU. Al día siguiente de morir Dosinda, a eso de media mañana de un sábado, me encontré a JM en la calle y le di la noticia, no sabía adonde mirar para disimular algo, un sentimiento que se me hace difícil de explicar; era como si no se alegrase pero daba la pinta de un interno “que se joda”.

Justo al mediodía siguiente los gritos de los vecinos, unas casas más allá, nos desvelaron de nuestro sábado. Efectivamente: una columna gigantesca de humo gris se alzaba por toda la manzana, nadie sabíamos de donde venía. Yo salí al terrado de la casa y dos fincas más allá vi que la humareda procedía de la inmensa mole metálica que Sanidad había obligado a colocar a los del bar como chimenea reclamada por Dosinda. Bajamos a la calle y no hubo víctimas, los bomberos vinieron raudos y se comentaba que se habían quemado los filtros de los extractores, otros decían que el bar iba mal y era un truco para sacar dinero del seguro. Y fue en ese momento cuando me acordé de Dosinda y de la importancia que tienen las lareiras en Galicia también como lugar mágico, donde los cuervos se calientan en lo alto de la chimenea mientras escuchan las conversaciones de los arrulados ante el fuego o como lugar de entrada de las ánimas en tránsito que pasan a comerse las migas de la cocina. Por ello se aconseja nunca barrerlas hasta la mañana siguiente. Me fui sonriendo para mis adentros y pensando que Dosinda había jorobado a sus antiguos opositores dándoles un susto de primera. Luego pensé que mi enfermedad literaria avanzaba de tal forma que parecía afortunadamente incurable, pero que me sumergía en un mundo distante de lo real preocupante. No pensé más en ello. Al cabo de dos días vi a JM a lo lejos, mostraba una ostensible cojera y se apoyaba en un bastón. Desde entonces, cada noche, no barro las migas de la cocina, quise a Dosinda en esta vida y en la otra también.

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