El obituario que más me costó escribir.

Hace un mes y pocos días que Rosa nuestra colaboradora más veterana, había emprendido un camino sin retorno. Era cuesta abajo y el final era oscuro, sin remedio. Tratamos de mantener nuestra actividad a sabiendas de que las palabras incomprensibles nos curan del fuego vital. Aún así la certeza de la punzada era angustiante. Y con todo y eso procuramos envolverla en la manta que ella nos dió: el arrobo del beso y esa murmuración cunera que le traía la paz cuando el dolor erupcionaba, era el tercer sedante, el menos valioso para evitar un cáncer que asomaba hacia afuera sin ambajes según la ciencia oficial. Pero era lo que teníamos, lo que nos quedaba entre manos y alma, el fuego del amor que pasa de una mano y boca a otra, teníamos solo eso contra un supuesto universo celular que se estaba desbocando. Pero no le quisimos ganar ninguna batalla ni tampoco nos quisimos sentir héroes del afecto, era una reacción instintiva que trataba de ser coherente con lo único que nos pidió: “No tengo arreglo, he venido a morir y no me dejeís acabar como un perro en una residencia”. Y la vida le devolvió a Rosa el afecto y el cariño de tantos que ella misma entre vahído y vahído trató de describir: “Claro que os cuidé lo que hizo falta, pero aquello era muy distinto de esto.” Durante esas semanas recordó que este redactor no había cumplido su promesa con els Ous y nos pidió ampliar la bitácora, ahora que pasábamos tantas horas juntos, para que redactaramos partes largas que faltaban. Pero no pudo pues cada día las previsiones se veían imposibles de cumplir, el mal cogía  impulso imparable.

Ahora disponemos de algunos manuscritos que trataremos de publicar cuando podamos leerles más de cinco líneas y tal y como era su voluntad en catalán y traducidos al castellano. Nació en 1915 y ya en su adolescencia trbajó en el taller de alta costura de Pepita Santiró. En 1931 estaba tomando medidas de un vestido a una amante de Primo de Rivera, barcelonesa y casada, que prorrumpió a llorar cuando supo de la derrota de las elecciones del 14 de abril. Viajó por toda Europa tras las colecciones de moda, llegó a París, una de las veces, en plena huelga por la ocupación alemana, pero la Gestapo las vino a recoger a la estación del Quai d’Orsay para llevarlas al hotel Crillon. Estuvo en Garmisch Partenkirschen en las olimpiadas de invierno presididas por Hitler y tuvo que saludar al Fhürer brazo en alto, al llegar a la frontera fueron detenidas por la policía española. Vio entrar a los italianos en Barcelona preguntándoles qué ciudad era aquella, consiguió trabajo en el gobierno de Franco en Burgos, volvió a Barcelona. En 1941 se casó con un agente comercial. Lloró amargamente en la invasión soviética de Budapest cuando ya habían nacido sus dos primeros hijos y el tercero que escribe estaba llegando. Rosa fue un poema vital impresionante lleno de sensibilidad destilada por su padre un artesano grabador que a finales del s XIX conoció a un tal Mossen Cinto Verdaguer, el abuelo Artés de joven iba cada día a aprender pintura en la Llotja (escuela de artes barcelonesa) y pintaba acuarelas, óleos, hacia joyas y grababa metales preciosos y tuvo una pasión que heredamos todos: la fotografia. Emulsionaba sus propias placas de vidrio y coleccionó una ingente colección de imágenes nocturnas sobre la Exposición Universal de 1929.

Y créanme que esos son solo los hechos que ella destacaba más porque los hay, y muchos, del mismo valor. Colaboraba con els Ous leyendo en abundancia y escuchábamos sus críticas. El tiempo entre costuras le recordó mucho a su vida. Murakami siempre le pareció un cerdo y decía que se masturbaba demasiado. Terenci Moix era de los gays que le caían mal. La Matute le gustaba especialmente con Olvidado rey Gudú y El Unicornio le encantó. Maragall era su poeta favorito y vecino de Sant Gervasi y esperaba dormir enfrente del panteón donde su padre y Maragall, decía ella, “seguían siendo vecinos”. Se jactaba de ser bautizada en la iglesia de la Bonanova de cuando no era un barrio de pijos y militarotes castellanos. Le encantaba la música, su madrastra, fue huérfana a los cinco, le enseñó piano y su padre le daba clases de baile. Cantaba en la cocina y la zarzuela era su género favorito improvisando duettos con las vecinas del patio de tres pisos más abajo mientras cocinaba. Era exigentísima con la ropa, los acabados y el estilo en el vestido, cosía hasta altas horas siempre y nos confeccionó uniformes, tejió jerseys guapísimos. La ropa debía ser distinta según lo que hacía. Incluso las batas del parvulario de todos sus nietos seguían un poceso de adquisición de las telas complejo y lento, pero siempre destacaban. Y ayer se acabó ella y quedaron eso . . . los recuerdos que empujan las palabras y nos hacen quererla nuevamente. Hace más de quince años tomé estas imágenes en la playa de Reira y mientras se iba pensé que eran las mejores que tenía para su obituario, de pie ante un trípode y frente a la naturaleza bestia que tanto le gustaba y luego alejándose con el paraguas de lo vivido para afrontar los últimos paseos hasta que nuestras manos se separaron en la mano que gélida que tiró de ti para siempre.

“…Estamos solos entre dos negaciones como huesos abandonados

a los perros que nunca llegarán.

Va a entrar el día en la habitación calcinada. Ha sido inútil

la sutura negra.

Queda un placer: ardemos

en palabras incomprensibles.”

Antonio Gamoneda

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