Cruceros on the rocks, Cointreau para las señoras y el capitán macarrón.
No me digan que la semana acabada no fue pródiga en asombros que pueden rozar la magia: Un crucero de cuatromileuristas que emprende su rumbo, una ciudad flotante de neón, plàstico y una tripulación rendida a su majestad el cliente, una especie de ONU del ocio con ludopatia incluida, sueños eróticos de oficinista. La posibilidad de emular la serie Vacaciones en el Mar sigue siendo un atractivo desencadenado en la mente del urbanita, o el agrita, que mira su fondo de pensiones y ve que hay para quemar todavía. Nada que objetar a la ilusión, la felicidad y el relajo, por supuesto. Pero un crucero da mucho trabajo y hay que estar preparado para todo. Para lo que nadie estaba preparado es para saber porqué se abandonó el puente, porque la tecnología no detectó que el morrazo era ya inminente y todavía más esperpéntico que el capitán esperaba su postre en la mesa junto a una bailarina.
Bonita historia de ejemplaridad latina: "Aunque esto se hunda nena seguiré hincándote mis babas en tus entretelas...". Presuntamente romántico o presuntamente puteril lo que queda claro es que el macarrismo no tiene fronteras. Y zas, despues del Cointreau on the rocks el capitán se tiró por la borda sin preocuparse de nada más e incluso corre el rumor (¿Cómo hacer recapacitar a un integro macarra de los mares?) que alguién le avisó de que quedaban mujeres a bordo y él replicó que "no era momento para el sexo", cínico hasta el final, sí señor, Berñusconi hace escuela; y con un golpe de polla mental el capitán se desaguó en la lancha camino del improperio mundial. Las conversaciones hablan por sí mismas. Pero cabe aún otro dato: desde 2010 llevamos seis u ocho cruceros tumbados, sin duda algo pasa a bordo de estos gigantes de los mares que tientan a Eolo, a Neptuno y a los arrecifes.
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