Cuando el tiempo relincha en tus sentidos.

Iba paseando pero no es cierto, iba fotografiando para hacer archivo dels Ous y deleitándome con la luz. Y ahí estaba él, en el aparador de un anticuario barcelonés. Con sus ojos abiertos, atento a la calle que le contempla. Y me quedé prendado de su hocico, de sus colores; no me costó acercarme la cámara y empezar a medir, buscar el reflejo, esperar a que parara una pareja que me tapase los vidrios. Pero fue solo eso, lo que es una fotografía, si no es solo una foto, para empezar a pensar las tardes que nos podrías contar.

Los niños subidos a tus lomos, los hermanos mayores en tu grupa, los trozos de panes que te han dado de comer. Y me acordé de mi caballito peludo que una mañana tan lejana de Reyes me esperaba en mi balcón. Y llovieron esas imágenes que tensan algo el estómago y te hacen asomar lagrimeo contenido. Solo entonces me di cuenta de cuantas infancias habremos cabalgado, de cuantas confidencias os habremos hecho y cuantas veces vuestras orejas habrán escuchado ese discurso que los mayores no pueden entender. Y entonces te vi sabio, conocedor y algo apesadumbrado de tu soledad ante muñecas horribles y cachivaches de anticuario. Pero te vi erguido, digno, sabiendo que como yo, allí se detienen muchos cada día y les pasa más o menos lo mismo y me marché con respeto, sintiendo que el relincho del tiempo nos empuja a galopar y que tu nos enseñaste a hacerlo también. Y tu sabes que alguien te rescatará de allí, pretendiendo comprar una infancia que queda para siempre, por suerte.

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