Y le dimos la mano al señor de Andeyro . . .

Disculpen el lapso temporal nuestros queridos y bienpreciados lectores, lo bueno no abunda. Ustedes saben si suelen perderse por estos barrios hueveros que nos atraen los lugares, los hechos o las figuras que en nuestra imaginación esculpen las letras. Nos sentíamos en duda con el centenario de unos de nuestros próceres mentales: Alvaro Cunqueiro. Y fue con la excusa vacacional e impenitente de ponernos a salvo de las visicitudes de la rutina que decidimos viajar a Coruña y a nuestra comarca de tantas cosas: La Costa da Morte. Y como nada es casual, menos en Galicia, fue un cúmulo de cosillas que nos llevaron a Santa María Docampo, espéndido esplendor románico y joya coruñesa escondida en las cuestas que nacen desde las sombras de la plaza de Azcárraga. Todo un lugar “Cunqueirano” al que nos acercaron nuestros amigos, de tantas y todas las vidas de ahí: Emilio y Auri. Una tarde maravillosa de jueves santo cumplimos nuestro deseo de abrir el pórtico de esta iglesia mascullando en nuestra satisfecha curiosidad las mismas palabras que Don Álvaro le escanciaba a un chavalín llamado César Antonio Molina, poeta y a la postre ministro de cultura cuando le decía:  «Ahora honraremos a los señores del tiempo pasado» y entramos y lo vimos. Pero mejor citemos a César Antonio Molina para no dilapidar ni un ápice de verosimilitud a ese ritual:

“Había muchas tumbas, pero él siempre iba hacia una que se encontraba a la derecha del magnífico altar mayor de plata costeado por los mareantes. Ponía su mano diestra abierta de par en par sobre la fría piedra y no la retiraba hasta que terminaba de recitar algo parecido a esto: «¿Qué levas peleriño da Palmeiría? / Levo froles d’amigo para Santa María». Muchas veces lo vi hacer esta misma operación sin reparar en quién podía ser el propietario de aquel asentamiento. Me resultaba todo tan misterioso, que me negaba a romper aquel hechizo. Y no sólo no se rompió, sino que se acrecentó cuando, tiempo después, descubrí que aquella mano se posaba sobre los restos del Señor de Andeyro, cuyo corazón, según la leyenda, había sido trepanado por cuchillos emboscados al ser descubierto en el lecho de la reina viuda portuguesa, Doña Leonor. Cunqueiro en algunos textos se imagina a este noble gallego al servicio de Portugal, en el siglo XIV, como peregrino palmero, es decir, de los que habían viajado a Jerusalén y traído para la iglesia de Santa María del Campo una jarra de azucenas con sus armas, de ahí aquellos versos.

Ya contamos en otro post como Cunqueiro, convaleciente y cercano a la muerte en un hospital madrileño le espetó al despedirse de él :” Ah y no se te olvide de darle la mano al señor de Andeyro”. Y no sabremos nunca decirles el porqué pero nos sentimos impelidos ante esa demanda que cumplimos y pensamos renovar en cuanto volvamos a la ciudad cuya luz le evocaba la de las ciudades sumergidas.

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