Acoso a la mujer en España: un fresco degradante.

Se nos hielan las palabras en cuanto leemos unos 6.500 casos de acoso a mujeres en España. Solemos sorprendernos de los casos de violencia machista y su final trágico, pero se nos antoja mucho más grave que se reconozca y se hable con normalidad de tamaños millares de acosos según cifras oficiales. Ello nos lleva a pensar que hay muchas mujeres en España que se ven envueltas de tensión y acosos diarios  continuados que estallan esporádicamente y se convierte en denuncia, en cifra oficial. Sin duda muchas más de las señaladas por la fría estadística.
Es muy difícil restablecer unos parámetros educativos de igualdad en un país donde la afirmación individual de los muchachos y luego hombres pasa por sostener una actitud discriminatoria con las mujeres, con el mundo femenino visto como una reserva limitada en la que lo único interesante es la mujer vista como objeto carnal, sexual. Tal vez para redimir una confusa culpa oímos esas frases tan tremendas de “mi mujer manda”, “lo que diga ella”, “no nos metamos en cosas de mujeres”; una especie de juego verbal para disimular y contrapesar falsamente una dominancia machista apabullante.
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El hombre no deja de ser un pobre esclavo que en cuanto pasa a la mayoría de edad y se halla sin referentes culturales y afectivos o simplemente porque se desborda decide tomar la calle de enmedio, la peor, la copia sistemática y a destiempo de su modelo de crianza familiar que viene de otra copia generacional más atrasada. Por ello el modelo masculino de relación con el mundo femenino está verdaderamente en crisis hace décadas y en todo caso el peor punto de partida es la negación de los rasgos femeninos propios.

Se oye de un lado a otro del país esa música bienintencionada pero insuficiente de cargar   a la educación y en particular a la escuela su rol, que evidentemente lo tiene y debe revisarlo. Pero en un mundo bombardeado de modelos que tienden a la cosificación de lo femenino la cosa está dura y la realidad no ofrece otra alternativa que el modelo familiar de relación hombre-mujer, con todas las diletancias y variaciones que los adultos podamos ofrecer. El trato humano y el respeto como base de la convivencia no debe dejar lugar al cachondeo, a la cosificación de las personas, ni a la adopción de estereotipos banales que acaban tomando impulso y cristalizándose en un machismo terrible. El mismo machismo que ha dado lugar a las “machas ibéricas” esa clase de féminas que adoptan el rol macarresco y simplón de los hombres, reproducen sus estereotipos y le dan una dimensión también violenta a las relaciones entre ambos sexos. Parece que la mujer esté condenada a sufrir unas relaciones que oscilen entre el acoso y el modelo choni-macarra femenina cuando entre ambos parámetros hay muchos mundos de relación, afecto y sexualidad que no tienen porque corresponderse con esos extremos. descubrirlo y transitar por ellos debe de ser un deber acuciante y necesario para todos.

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