Salud José Manuel Caballero Bonald, compartimos las letras de nuestras noches.

Salud maestro Bonald: Ágata y las marismas, la embocadura a la sombra de las velas, las dunas y las garzas reales andan desde ayer con luces de alegría. Su poeta, el hombre que narró la vida, las entrañas y los sentimientos de un latifundio complejo; luce la aureola del galardón, el reconocimiento reiterado y el aplauso silencioso que siempre merecieron sus letras, así, con discreción, sentado en su sillón y hecho hervor festivo por dentro José Manuel Caballero Bonald ha visto distinguida su prolija obra en prosa y poesia. La prosa de Bonald es especialmente poética, sorprendente y rotunda. Por ella sabemos de lugares de su Andalucía de Sanlúcar a Cádiz, de las marismas al océano.

Su poesía cocida en ese escenario habla del hombre y del alma, de las sensaciones y con pocos giros da en el clavo del lector, en el palo del paso de las agujas del reloj y mira hacia atrás, hacia la irredenta juventud, al placer, al alcohol, a las ideas, al pobre que cada tarde aparece con la mano extendida ante su puerta, a la madrugada que te pilla delante de un vaso sabiendo que has bebido más cosas que no solo el almizcle del espíritu del vino, a la nostalgia por ella que se estará revolviendo en las sábanas sabiendo que, una vez más, no llegarás. Pero Bonald, que entreteje con genialidad semejantes sentimientos ahonda más, escarba en el agujero de la memoria y es un notario de la imposibilidad de volver atrás y de la lejana proximidad del fin inevitable al cual tiende la mano y envía mensaje cuando advierte que va a dejar de escribir. Así vivimos aquí, en la redacción, su obra, de la cual hemos pretendido ser modesto eco y que siempre hemos recomendado cual descubrimiento de la Andalucía marinera en la prosa y de las cuerdas de la guitarra anímica en su poesía. Léanlo, Bonald tiene ganado el espacio de su tiempo lector y a la par de mandarle al maestro un abrazo digital les damos pista de ese libro  que solo se puede leer a partir de los cuarenta y cuyo título no deja de ser una advertencia: “Somos el tiempo que nos queda”.    (foto Kike Para)

La botella vacía se parece a mi alma

Solícito el silencio se desliza 
por la mesa nocturna,
rebasa el irrisorio contenido del vaso.
No beberé ya más hasta tan tarde.
Otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra
yace un cuerpo desnudo
y hay un chorro de música insidiosa
disgregando las burbujas del vidrio.
Tan distante como mi juventud ,
pernocta entre los muebles el amorfo,
el tenaz y oxidado material del deseo.
Qué aviso más penúltimo
amagando en las puertas,
los grifos, las cortinas.
Qué terror de repente de los timbres.
La botella vacía se parece a mi alma.
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.

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