Después de darle un baldeo a nuestro noroeste…

Cumplidos los sueños de recorrer paisajes, de saborear trozos y huellas de esta tierra y volver a reobservar los espacios conocidos se antoja una sensación, pese a todo, de cierta plenitud. De que en Galicia, reiteradamente, el feísmo y tantos ismos dejaban muchas cosas a medias; tanto de las personas como de su realidad política o social. Eso fue algo que el chapapote ayudó a hacer visible. Se intuyen otras formas de hacer, un cambio político tímido y un afán creativo que contrastan con esa Galicia cerrada, minifúndica De actitud y desconfiada o de mala leche con el vecino por el mero hecho de serlo.

La Costa da Morte en concreto tiene aún muchas cosas: caciquillos socialistas y peperos, controladores de subvenciones y repartidores de dádivas miserables. No vayamos tan lejos, ese es fenómeno común a la tierra ibérica, pero complace ver que en esa zona, hace treinta años era imposible trazar un intercambio, una mínima manifestación política y hoy parece todo más abierto. Me alegra ese progreso humano que viene de la mano de muchas personas honradas, que las hay, como mis amigos en Ponte do Porto. Decididamente Galicia camina con ganas de sacudirse del tufo de botafumeiro y caciquismo local. Hay pruebas políticas y electorales de ello, pero se lo digo desde lo visto, oído y sentido.

 

 

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