EL PLAT DE SOPA

Per si us vau quedar a mig vers

en aquestes festes nadalenques,

aquí us el deixo escrit

i us desitjo un 2009 feliç.

I va dir, diu:

–Llegiu-lo al vostre fill que segur que riu.

 

EL PLAT DE SOPA

Per peixar-li a un noi la sopa

que la volgués menjar,

aquí va un conte de mare

tal com xic me’l van contar.

I va dir, diu:

–Cullerada a dintre el niu!

 

Veus aquí que una vegada,

tot guardant el bestiar,

un vailet ros les menjava

les sopetes del bon pa.

I deia, da:

–Són més bones que el cel clar.

 

Veu venir el bou i la vaca,

per les sopes ensumar;

com l’herbeta era glaçada,

les que queien van llepar.

I va dir, diu:

–Les que caiguin, engoliu!

 

Mentrestant el llop s’acosta

i el vedell se’n va emportar;

quan la vaca se n’adona,

ja se’n posa a braolar.

I deia, da:

–Per sa boca passarà !

 

–Senyor llop (el nen li crida),

tinc sopetes per dinar;

si torneu el meix de pressa,

també vos n’heu de tastar.–

I va dir, diu:

–Són calentes com l’estiu.

 

Quan el llop això sentia,

ja comença a recular,

ja s’asseu sobre les potes

esperant tan bon menjar.

I deia, da:

–Quina olor més casolà !

 

–La primera cullerada

és pel llop que va pecar,

la segona pel vedell

que no es para de gratar.–

I va dir, diu:

–Fem el ventre bon caliu!

 

Després ve el bou i la vaca

pel disgust que van passar,

i per fi el vailet es menja

les que els altres van deixar.

I deia, da:

–He fet parts com bon germà !

 

Com que veu que encara el miren,

va partir-los el berenar;

més en lloc de dues pomes,

capses d’or hi va trobar.

I va dir, diu:

–Sarronet, ets ben joliu!

 

Així que obre la primera,

amb sorpresa en veu saltar

unes blanques estovalles

que es guarneixen de menjar.

I deia, da:

–Feu el bé, que bé us serà !

 

En obrir-ne la segona,

féu el llop desencantar,

qui se’n torna un galan príncep

molt humil i cristià .

I la mare va dir, diu:

–Cullerada a cullerada,

la panxeta veig que et riu!

 

Aquell qui es parteix les sopes

amb el bons i amb els malvats,

posseint el que li falta,

deixa els llops desencantats.

 

Josep Pijoan, Barcelona 1947 (1era edició de 1906)

1000 de miedo

f1

Mil años tardó en morirse,
pero por fin la palmó
los muertos del cementerio
están de fiesta mayor,

seguro que está en el cielo a la derecha de Dioooooooos.

Adivina, adivinanza, escuchen con atención.

A su entierro, de paisano, asistió Napoleón,
Torquemada y el caballo del noble Cid Campeador,
Marcelino de cabeza, marcándole a Rusia un gol,
el coño de la Bernarda y un dentista de León.

Celia Gámez, Manolete, San isidro labrador,
el soldado desconocido, a quien nadie conoció,
Santa Teresa iba dando su brazo incorrupto a Don
Pelayo, que no podía resistir el mal olor.

Y el marqués que ustedes saben iba muy elegantón,
con uniforme de gala de la santa inquisición,
Bernabeu encendía puros con billetes de millón,
y el niño jesús de Praga de primera comunión.

Mil quinientas doce monjas pidiendo con devoción
al papa santo de Roma pronta canonización,
un pantano inaugurado de los del Plan Badajoz,
y el ku klux klan que no vino, pero mandó una adhesión.

Y Rita ‘La cantaora’, y Don Cristobal Colón,
y una teta disecada de Agustina de Aragón,
la Tuna compostelana cerraba la procesión,
cantando a diez voces clavelitos de mi corazón.

San José María Pemán unos versos recitó,
servía Perico Chicote copas de vino español,
nunca enterrador alguno conoció tan alto honor,
dar sepultura a quien era sepulturero mayor.

Ese día en el infierno hubo gran agitación,
muertos de asco y fusilados bailaban de sol a sol,
siete días con siete noches duró la celebración,
en leguas a la redonda el champán se terminó.
Combatientes de Brunete, braceros de Castellón,
los del exilio de afuera, y los del exilio interior
celebraban la victoria que la historia les robó,
más que alegría la suya era desesperación.

Como ya habrá adivinado, la señora y el señor,
los apellidos del muerto a quien me refiero yo,
pues colorín colorado, igualito que empezó,
adivina, adivinanza se termina mi canción …

se termina mi canción … chim pom

J.S.

Antonio Gamoneda: “Ardemos en palabras incomprensibles”

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Arden las pérdidas. Ya ardían

en la cabeza de mi madre. Antes

ardió la verdad y ardió

también mi pensamiento. Ahora

mi pasión es la indiferencia.

Escucho en la madera dientes invisibles.

Antonio Gamoneda

Reciente Premio Cervantes, de ayer, y también el mismo día premio Reina Sofia de Poesía Iberoamericana. Los galardones no le acaban de sentar cómo a muchos. Gamoneda, ovetense que reside desde siempre en León vivió la faz asturiana de la guerra, del dolor. Hay poco verbo, entre los poetas vivientes españoles tan preciso y realista a la hora de describir el dolor, el paso del tiempo y las pérdidas. La infancia, la família, la guerra, la madre. Pero Gamoneda no centra su mirada escrita en el paisaje global, se surte de los detalles, las aparentes nimiedades de los objetos, las sombras, los chasquidos, los olores para barruntar una aceptación tácita del dolor acompañado del tañer del reloj y del alma.

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José Manuel Caballero Bonald: de vocación infractor.

No es pretensión de este blog hablar de literatura cocinando surimis encontrados por la red. Una frase de crítico aquí, una diatriba allá. . . Pero sí que lo es hacernos eco de una experiencia de lectura de autores que dan descanso y restauran algo difícil de podcastrar, perdón podcastear, la paz de las palabras bien halladas.

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Sobre José Manuel Caballero Bonald diremos que crea un lenguaje especial. Les recomendamos una de sus primeras novelas “àgata ojo de gato”, magistral para amantes del neologismo castellano. El escenario cenagoso de un estuario y con seres del otro lado del espejo es del todo indómito. Un territorio dibujado por el autor al principio del libro, al estilo faulkneriano de “Mientras agonizo”, otra sublime obra. Otra obra de prosa memorable es “Campo de Agramante”, un retablo andaluz rural e industrial del despertar de los ochenta, cuesta avanzarla y no es por dificultad sinó porqué la proximidad del final detiene al lector.

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Poesía de Otoño : El Canto y la Ceniza

Mónica Zugstova y Olvido García Valdés reunen una antología poética profunda sobre dos autoras rusas como Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva. Ambas pertenecientes a esa floreciente y pisoteada generación rusa nacida a principios del siglo XX. Recomendamos esta obra para aquellos quienes busquen una aproximación al dolor desde la palabra y el sentimiento. Ciertamente, dos trayectorias trágicas en la Rusia pre y post revolucionaria. Generación segada por dos guerras y una revolución que devoró a sus propios hijos hasta saciarse. La ceniza como símbolo de extinción, de fin, pero también la ceniza de los poemas echados al fuego y que se debían memorizar porque la polícia podía intervenirlos. Continúa leyendo Poesía de Otoño : El Canto y la Ceniza