La vida misma

Yo pisaré las calles nuevamente

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos,
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron antes.

Yo unido al que hizo mucho y poco
al que quiere la patria liberada
dispararé las primeras balas
más temprano que tarde, sin reposo.

Retornarán los libros, las canciones
que quemaron las manos asesinas.
Renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos,
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente …

(1976, Pablo Milanés)

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1 Comentario

  1. Ana Delicado Palacios
    Paradojas de Pinochet y del 10 de diciembre
    03:57h. del Lunes, 11 de diciembre.

    Los que se acuerdan del 11 de septiembre no sólo como la fecha en la que Estados Unidos vio caer sus torres gemelas sino como el día en el que se derrumbó la democracia en Chile, no habrán dejado de percatarse de esta nueva coincidencia: 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, día también en el que muere Augusto Pinochet, dictador chileno durante 17 años.
    Ha fallecido precisamente hoy el hombre que llegó a decir: Yo no conozco eso de los derechos humanos. ¿Qué es eso?”. El mismo que llegó a despreciarlos públicamente, por ser una invención, muy sabia, de los marxistas”. El que afirmó que entre asegurar los derechos de unos diez mil disociados o garantizar los de diez millones, no tuvimos duda”.
    Pero hay un Día Internacional de Los Derechos Humanos, siempre recelado por su vacuidad, siempre cuestionado por su utilidad, visto que su función más provechosa ha sido recordar cada año que el 10 de diciembre está consagrado a los derechos humanos, y que se celebra aunque no haya nada que festejar.
    A partir de ahora este día será asociado además a la muerte de un hombre que consiguió burlar la justicia con el mismo desparpajo con el que dijo que «la única solución que existe para el problema de los derechos humanos es el olvido». Y él, hombre de palabra, hizo desaparecer a un millar de personas y mató a más de dos mil.
    Pero además de ser coherente con lo que decía, fue un hombre de miras, que ya sabía que eso de los derechos humanos era una fantochada en retirada y una memez sin importancia, y por eso colaboró con las dictaduras de Argentina y Paraguay en la Operación Cóndor, iniciativa de Kissinger que unió también a Brasil, Bolivia y Uruguay y que escondió oportunamente los derechos humanos junto a 30.000 desaparecidos y 50.000 muertos.
    Qué más pudo pedir en vida Pinochet, que fue el hombre que aparentó que no tenía nada que temer, que asumió que no tenía qué perder, y que sólo fue arrestado una vez, en Gran Bretaña, después de que España pidiera su extradición. Ya se encargó Londres de que no pisara nuestro país y lo mandó directo a Chile alegando motivos de salud, razones de peso hasta en su país de origen, que pasaron a servirle de carta de impunidad cuando le quitaron su estado de senador vitalicio.
    Los que le lloran hoy le imaginarán en el cielo, convencido como estaba el dictador de que su fuerza le venía nada más y nada menos que de Dios. Quizá por eso se llevó tan bien con la Iglesia, que en asuntos terrenales anda despistada pero que las cuestiones divinas se la toma muy a pecho, sobre todo si anda Dios de por medio, y por eso Pinochet recibió la extremaunción antes de morir, y por eso el monseñor Alejandro Goic, presidente de la Coferencia Episcopal de Chile, ya ha dicho que no es de recibo que los chilenos salgan a celebrar la muerte del general retirado, y que a ciencia cierta Dios tiene misericordia incluso de los más grandes pecadores”.
    Qué menos podía esperarse si la justicia celestial intercedió por la mundana precisamente en la fecha en la que celebramos la Declaración Universal de 1948. Magnífico aniversario, que permite recordar no sólo a los que son víctimas del atropello de los derechos humanos, sino también a los que los desdeñan con tanta arrogancia que encima tienen el descaro de morirse en su día.

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