La vida misma

Memorias de un monaguillo (2): Ante la muerte . . .

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La sacristía tenía unos techos inmensos, quasi celestiales, y estaban a más de cinco o seis metros del suelo. Había tres puertas: una por la que se accedía desde el templo, otra que daba al altar y una al fondo que comunicaba con la utillería; una especie de almacén de cirios pascuales, hisópos, casullas viejas y botellas de vino para el oficio. En una estanteria con puertas de vidrio se hallaba el «tesoro» que más preciábamos. Eran unos recipientes cilindricos de plata vieja que contenían los santos óleos para las unciones. Que se abriera aquel armario estando nosotros, los monaguillos,  suponía un aumento de ingresos considerables. Una extremaunción solía reportar quince o veinticinco pesetas de propina. La primera fue una tarde de invierno. Eran las ocho y el vicario me dijo: «Prepara los oleos, tenemos una extremaunción». Yo no era consciente de adonde iba hasta que me encontré. Un piso inmenso del Eixample barcelonés, el pasillo lleno de gente con cara de circunstancias. En el comedor tres mujeres rezaban entre lágrimas. Un olor alcanforado y cerúmeno lo presidia todo, no me atrevía a levantar la cabeza más que lo justo para devolver una mirada seria a cuantos deudos nos saludaban.


En la alcoba yacía un hombre muy mayor, con el color violáceo virando a amarillento, una respiración ruidosa y entrecortada, en la cabecera de la cama dos mujeres y un hombre que se persignaron al entrar. El cura se puso una sencilla casulla y la estola. Yo, acojonadillo, aguantaba la bandeja de plata con los oleos. Los familiares levantaron la colcha y aparecieron ante mis narices unos pies que ya habían andado mucho por el mundo, llenos de resquicios y costras. Sobre ellos el vicario, Mossen Josep María Monfort, unció la señal de la cruz y los volvió a tapar con naturalidad pero con rito y ceremonia. Rezamos un padrenuestro de bajo volumen, solo interrumpido por algun sollozo mayor. Con la mirada se me indicó salir de la estancia. Cuando llegué al comedor aun había más gente. Fue la señora oronda y con mantilla la que se dirigió a mi con un: «Té maco» (toma guapo) y me entrego una moneda de veinticinco pesetas de las del año 1968. Salimos a la calle y el mossen sacó de su sotana su habitual paquete de Ducados, guiñó un ojo y sonriendo me dijo: «¿Qué te ha parecido?». Le contesté: «triste». Y nos fuimos a tomar una cocacola al bar Lohengrin de la calle Sepúlveda. Fue la primera vez en mi vida que sentí el frio de la muerte acojonando por mis sesos y mis triglicéridos. Leyendo la Divina Comedia comprendí que había tenido suerte, aunque sea en los aledaños del infierno es mejor siempre bajar acompañado.

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3 Comentarios

  1. collons !!!

  2. jose dice:

    que se’n sap de Mn. Monfort . Es viu encara ?

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