La vida misma

Traspasado el Umbral.

No esperaba iniciar este temporada de comentarios literarios con un obituario de Francisco Umbral. El señor de la bufanda blanca y las gafas de aviador decidió irse a tomar su gintonic a otra parte. Hoy hay un concepto y una imagen de Umbral bastante deformada a nivel público por sus propias estridencias y una acusada caida de su obra paralela al inevitable declive físico.

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Nos quedaremos con el Umbral de los setenta y los ochenta. Umbral fue, ante todo, un mordaz cronista en una época en que ese era un oficio de presunto calabozo. En el mercado queda una obra amplia y altisonante en cuanto a temas y calidades.

En la línea de recomendar «Mortal y Rosa» («Los ojos de mi hijo, sus ojos que ayer eran flores abiertas, capullos de noche, y hoy son rendijas tristes, sesgados por el cansancio y el recelo») lírica y dura para buscar luz tras el túnel de la muerte de su hijo a los seis años y «Memorias de un niño de derechas», un recorrido por la cotidianeidad del franquismo posguerriano y sus avatares: la pulsión de encontrar una plaza de funcionario («…y al cabo de los años se encontraran dos fardos celulíticos en un hotel de provincias sin saber que hacer)» las tardes de mosca y paseo y la omnipresente presencia de los «niños vestidos de blanco» símbolo de posición de los ganadores de la contienda civil.

Umbral ha sido un Larra punzante durante años desde sus columnas y tenía una hondura de lenguaje espesa en el concepto pero concreta y ágil en papel de periódico. Su guasa y sus letras se han ido, pero deja perlas para rato.

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