El arca del lúpulo (1)

arca1.jpg

Cada vez que su pizarra me anuncia un partidejo suelo descolgarme por su barra. El bar, cuadrado a más no poder, atiborrado de mesas y rezumante de olores con tentación, es para mi la maquina de regreso al pasado inexistente. En esa cuadrícula se concentran deliciosos cromos del álbum de mi barrio. La señora a la que su pelo abandonó una noche de otoño, aquella en que hacía un año en que él, un amable revisor de RENFE, la dejó en vía muerta de deseos.

Uno de mis compañeros de paseos de calle, con su gorra de lana acaspada y a cuadrillos campa entre las servilletas y las colillas pisadas. Suele tentar la máquina de las monedas con una tónica en la mano y el Ducados en la otra. Despues de trabajar en el juzgado esas son sus tres pasiones declaradas. Alguna vez me sonríe con amabilidad, como invocando una complicidad que nunca existió, porque la pandilla no le perdonó jamás que su padre fuera poli y además tuviera un excepcional parecido con Franco en sus horas altas.

Y siempre, en el mismo rincón, él, el hombre bajito asalchichado de quien se decía era un confidente de la cercana comisaría. Sus maneras gastaban una pulcritud digna de toda sospecha. Su trabajo y el bar. Con los años solo ha añadido una pasión: juega al ajedrez con el movil, continuamente, compulsivamente. Solo toma unas hierbas y fuma Royal Crown. Hace años lo encontré en un lugar insólito que me permitió saber de su vida laboral: estaba en la planta sótano del Corte Inglés vendiendo una estufa de leña de salón. Los teletipos labiales dicen que vive en una habitación alquilada. El gafas mide dos metros y llega a los sesenta, discreta barriguilla y coñac siempre en mano, es el verdadero dinamizador del terrario. Comenta a media voz suscitando aún más el interés de sus periferias humanas camino de la sordera aguda. Siempre piensa en chungo, nunca positiva y parece un repelente de clientes interesados, como yo, en no hablar con nadie.

Bajo el televisor suele haber una mujer, hermosa de antiguo, y a la que le queda rastro de ello en los ojos que va vestida de forma zíngara, con estampados y faldas anchas. Me da que sabe mucho, por su colocación nunca ve el partido, solo sonríe de vez en cuando, en los momentos en que la cuadrilla se agita. Repasa con interés y escruta los rostros presentes, sostiene la mirada con una capacidad para mostrarse neutra de sensaciones propia de alguién que ve más de lo que se ve. Les dejo, hay partido hoy y necesito llegar a mi puesto de observación. Es el arca de Noé de mi barrio, hay una especie de cada casa distinta y yo tal vez sea otra, no lo sé, en cualquier caso siento la llamada del arca. Les prometo contar más.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.